Niñez

 

Florero de piedra volcánica en Xochimilco, México

Florero de piedra volcánica en Xochimilco, México

Persiste un hondo recuerdo en mi memoria
que tiene la pureza de un diente de ajo,
el travieso olor de la pimienta y el comino,
y la picante intensidad del chile y la cebolla.

Es la imagen de dos pequeños rostros expectantes,
que asomados al cráter poroso de un anciano molcajete,
atentos siguen el vaivén de un tejolote,
y esperan divertidos la inmolación de un jitomate.

Las manos de mi madre hacían música majando hambres;
con brazos poderosos castigaban masa informe
que reaparecía en sorprendente vianda de tortillas vaporosas,
uniformes y tersas como su joven frente.

Diestras y temibles frente al fogón,
manejaban leños bajo un comal candente,
y multiplicándose en entretenido concierto,
palmeaban, molían, meneaban y acariciaban virtuosas.

Rodeadas de granos, especias y semillas varias,
cuatro manitas novicias, torpes y afanosas,
despertaban a la vida espulgando las piedrecillas de los frijoles,
y adivinando en su suave caricia el alma y la poesía de cada forma.

Qué deliciosa aventura de colores y zumos singulares,
de cuerpos y sustancias seductores,
de jugosas experiencias sensoriales,
de extranos hechizos que hacen de lo cotidiano ensueño.

En aquella vivaz sinfonía de texturas y aromas,
inmolando formas, invocando risas, extrayendo esencias,
al son de un rústico molcajete que anuncia la fiesta feliz de mediodía,
mi niñez se inicia amando los frutos y la magia de una tierra fecunda y generosa.

 

A las mujeres cuya magia ha alimentado naciones

 

Mujer moliendo en metate, Museo de Antropologia e Historia Chapultepec, México

Mujer moliendo en metate, Museo de Antropologia e Historia, Chapultepec, México

Ocoxal

 

Un lugar

Sé de un lugar donde se lava la amargura de sueños fracasados
y se extingue el llanto de un amor burlado.
Valientes que todo han dado y han perdido ansían su bálsamo;
como aquellos que temen a la vida, marcados por la crueldad de algún cobarde.

Es un lugar que no alberga ayeres negros;
silencioso y apacible, es como el estero que no recuerda la tormenta.
Su aparente quietud engaña como el primer vestigio de la aurora
que en un tímido destello abre camino a la fuerza del universo entero.

Entre la paz de ese lugar que algunos han llamado olvido
el hombre es apenas un suspiro hijo del hoy,
un instante diminuto y frágil,
cáliz de la magia indiscernible del pasar del tiempo.

Estero en Yucatán en México

Ocoxal

Abuela

Ventana - Ocoxal
Allí estás Abuela junto a tu ventana,
hilando eterna las cuentas de tu fe.
Allí coses las horas a tus recuerdos,
murmurando rezos melodiosos
que cantan cantos de primavera.
Allí vences la oscuridad,
Y allí espantas la tristeza.

En días de quietud al caer la tarde,
vestida de dignidad y de vejez,
tu cuerpo inmóvil por horas
en la silla junto a tu ventana,
te veo escapar a tu rincón vespertino.
Allí donde olvidas tu soledad,
allí donde tu luz calla el silencio.

En esa feliz jornada de nostalgia y añoranza
a los abriles en los brazos de tu madre,
al calor de los atardeceres con Abuelo,
a la morada permanente donde habita tu alegría,
allí estás Abuela junto a la ventana,
con los seres que asisten a cada tarde,
en el color y nitidez de tus recuerdos
al rincón que perdonó tu ceguera.

Allí están tus cuentas siempre tibias,
allí están tus tardes y tus ayeres,
tus rezos y tu sonrisa, Abuela,
y tú, por siempre en mi recuerdo,
junto a tu ventana.

Ocoxal

Por las viejas aceras de la ciudad

Me gustan las aceras caprichosas
que desbandadas en surreal geografía,
en vano intentan cobijar contrahechas
las indomables raíces de árboles ancianos.

Me gusta ver mis pies saltar sobre ellas
en zigzagueantes brincos infantiles,
y esquivar las poderosas y peludas reatas
que han trenzado el tiempo del pasar urbano,
y hoy, desnudas de piedra, reniegan su pasada opresión.

Son esas mismas aceras quebradizas
ecos nostálgicos del milenario lago,
que en sinuoso lenguaje se reinventan
desafiando poéticas la vanidad de la humana razón.

Y cuando para esquivar las desmoronadas losas rotas,
vestigios arqueológicos de sueños de progreso,
apoyo mi mano sobre algún augusto tronco,
me gusta que magnánimo y sabio mueva sus brazos
y en mil titineos de lentejuela que acaricia el viento,
me sonría desde su toldo de hojarasca,
y como un gigante protector guíe mis pasos
por entre el pasaje intemporal
cuyas sombras invocan los sueños insepultos de otro tiempo y otra nación.

Árbol del Tule

Ocoxal

Vida

fuenteMi recuerdo está poblado de parientes bien peinados,
de boquitas sonrientes y rostros besuqueados.
Es un rumor continuo de patios ruidosos y gritería infantil,
donde portones añejos y descoloridos
se impregnan de las yerbas que perfuman mi mundo y sus guisados.

Es el recuerdo de una vida plena de días familiares, niños regañados,
voces roncas, manitas chorreadas y adolescentes enamorados;
de incontables mesas puestas y dobles sobremesas,
de cocinas batidas y regadas
y cincuenta cazuelas veteranas que en cotidiana contienda ignoran su antigüedad.

Es un álbum de tiernas cabecillas mojadas en bendición bautismal,
de primeras comuniones tupidas de caras relavadas y flequillos engomados;
de quinceañeras y bodas de pies hinchados, sombreros satinados,
cabelleras laqueadas, y uno que otro pariente con pelos azules o morados.
Y de ocasionales velorios donde patriarcas y matriarcas de cabezas grises
te enseñan el misterio de reír cuando se llora y de llorar cuando se ríe.

Mi recuerdo es una caja de sonidos, aromas y colores
que se abre con el repiquetear de campanas y música de barrer de pisos,
y guarda el aroma de mañanas frescas y fruta recién cortada;
de hervores mágicos de mediodía que se confunden con el sabor a gloria,
y de noches llenas de rumores campestres
que se mezclan en el aire con el perfume del té de boldo, salvia y limón.

Es un recuerdo bullicioso de plazas chismosas y quioscos adornados de papel,
de besos robados y secretos confesados;
de días de ayuno y santos paseados.
Es la emoción y euforia de un día de feria
y la dulce solemnidad de un día de muertos.

Es un ritual de café y pan dulce recién hecho,
que cíclico se repite a cada tarde y marca las horas deteniendo el tiempo.
Como la siesta de papá, su caminata vespertina y su amoroso beso,
siempre puntual, siempre cálido, siempre Él;
y su sonrisa, siempre joven, siempre traviesa, siempre toda.

Mi vida es el arrullo del trajín de una cocina,
el corazón y centro de un hogar, una visión, y una misión de vida,
donde mi madre, no el reloj, comanda el tiempo,
y como ella, como su madre, y como su abuela antes,
ha guardado la trinidad del hoy, del ayer y del mañana, que son todos y uno mismo
por siempre y para siempre, mientras mi mundo sea.

Ocoxal

A Colón – Rubén Darío

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre América,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.

Un desastroso espíritu posee tu tierra:
donde la tribu unida blandió sus mazas,
hoy se enciende entre hermanos perpetua guerra,
se hieren y destrozan las mismas razas.

Al ídolo de piedra reemplaza ahora
el ídolo de carne que se entroniza,
y cada día alumbra la blanca aurora
en los campos fraternos sangre y ceniza.

Desdeñando a los reyes nos dimos leyes
al son de los cañones y los clarines,
y hoy al favor siniestro de negros reyes
fraternizan los Judas con los Caínes.

Bebiendo la esparcida savia francesa
con nuestra boca indígena semiespañola,
día a día cantamos la Marsellesa
para acabar danzando la Carmañola.

Las ambiciones pérfidas no tienen diques,
soñadas libertades yacen deshechas.
¡Eso no hicieron nunca nuestros caciques,
a quienes las montañas daban las flechas!

Ellos eran soberbios, leales y francos,
ceñidas las cabezas de raras plumas;
¡ojalá hubieran sido los hombres blancos
como los Atahualpas y Moctezumas!

Cuando en vientres de América cayó semilla
de la raza de hierro que fue de España,
mezcló su fuerza heroica la gran Castilla
con la fuerza del indio de la montaña.

¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas
no reflejaran nunca las blancas velas;
ni vieran las estrellas estupefactas
arribar a la orilla tus carabelas!

Libre como las águilas, vieran los montes
pasar los aborígenes por los boscajes,
persiguiendo los pumas y los bisontes
con el dardo certero de sus carcajes.

Que más valiera el jefe rudo y bizarro
que el soldado que en fango sus glorias finca,
que ha hecho gemir al zipa bajo su carro
o temblar las heladas momias del Inca.

La cruz que nos llevaste padece mengua;
y tras encanalladas revoluciones,
la canalla escritora mancha la lengua
que escribieron Cervantes y Calderones.

Cristo va por las calles flaco y enclenque,
Barrabás tiene esclavos y charreteras,
y en las tierras de Chibcha, Cuzco y Palenque
han visto engalonadas a las panteras.

Duelos, espantos, guerras, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!