Entre la civilización y la barbarie, el diario de Darwin


La Santa Inquisición seleccionó con extremo cuidado a los hombres más osados e independientes para quemarlos o apresarlos. Solo en España, algunos de los mejores hombres –aquellos que dudaron y cuestionaron, y sin dudar no puede haber progreso– fueron eliminados…

Charles Darwin, El origen del hombre

AlbatrossEl albatros, ave de los océanos

 

La visita de Charles Darwin en septiembre de 1835 al archipiélago ecuatoriano de las Galápagos fue de apenas cinco semanas, un tiempo breve considerando la trascendencia de sus conclusiones y el impacto que tendrían para la comprensión del mundo natural. El concepto de la evolución ya era discutido para entonces entre sus contemporáneos, existía una gran base académica en estudios geológicos y de paleontología, pero las islas del Ecuador fueron el laboratorio perfecto donde Darwin recogió la evidencia que requería su teoría de la selección natural. En ellas pudo comprobar lo que ya había reconocido durante su travesía desde el Atlántico norte: que los efectos del medio son determinantes en el desarrollo evolutivo de todas las especies vivas; y la contrastante singularidad en cada isla, hacía posible explicar cómo se producen las variantes que permiten la adaptación de los seres a su entorno, y que son responsables de la diversidad entre y dentro de todas las especies. Aquí habría que agregar que Darwin, como lo aclara en su obra El origen del hombre, consideraba a éste como parte del “reino animal”, en contradicción a muchos que alegaban una distinción clara entre las plantas, los animales y el hombre.

Pero la investigación realizada por Darwin, el llamado “Segundo viaje del Beagle” fue el resultado de cinco años consecutivos de exploración por Sudamérica y el Pacífico sur, desde 1832 hasta 1836, y repercutiría exponencialmente más allá de la biología, avanzando el conocimiento en muchos otros campos. La antropología, las ciencias sociales y la psicología fueron disciplinas que se beneficiaron de las reflexiones de Darwin sobre la gama de tipos humanos y sociedades que observó a su paso por América del Sur y más tarde en el Pacífico, Australia y Nueva Zelanda. Entre la amplia lista de lecturas que Darwin había estudiado estaban los relatos de exploradores célebres, el más importante, Alexander Von Humboldt, quien en su biografía Darwin reconoció como su mayor inspiración, y a quien recurrió como una constante fuente de referencia en sus estudios, gracias al extenso cuerpo de información que Von Humboldt había recogido en su travesía por el continente americano, acompañado por el médico francés Aimé Bonpland. La simpatía de Humboldt por las civilizaciones americanas había renovado la curiosidad y creado un lente más amable de apreciación hacia las tierras poco exploradas.

Su agudo sentido de observación como naturalista, aplicado al comportamiento humano de tanto tribus indígenas como individuos y sociedades que conoció durante sus expediciones, enriqueció la perspectiva humanista que desarrolló en su controversial obra El origen del hombre (1871). Pero ya más de treinta años antes, las páginas de su diario, publicado por primera vez en 1839, nos acercan a un hombre que buscó responder las incógnitas que los prejuicios sociales, raciales y religiosos se resistían a cuestionar. Charles Darwin era abolicionista, lo que le dotaba de una mejor disposición para observar el efecto de la opresión y el dominio sobre otros, y muy seguramente para examinar cómo algunas sociedades alcanzan un alto grado de civilización y otras se mantienen en estado primitivo. Igualmente, explicar como algunas muy superiores se estancan o retroceden y pierden su primacía, los griegos, romanos, incas y mayas, por ejemplo, mientras que otras nuevas surgen con fuerza. Mientras que el mundo ha estudiado a Darwin por su contribución a las ciencias naturales, su diario, The Voyage of the Beagle*, o El viaje del Beagle, también nos da una idea de la diversidad racial y cultural que Darwin encontró a su paso, principalmente el Latinoamérica, y que claramente iluminó su entendimiento sobre los tipos y grados de sociedades que son determinados por condiciones específicas. Entre los casos que llamaron su atención sobresalen los de abuso que propicia la esclavitud.

En Brasil en 1833, cuando recién había llegado a América, Darwin acepta una invitación a viajar mil millas tierra adentro a Socego con un inglés dueño de una estancia. A su regreso, junto al Rio Macaé ocurrió una escena que le pareció ser de extrema crueldad, cuando un amo enfurecido amenazaba a los esclavos con vender a sus mujeres y niños. Darwin reconoce más tarde que no fue la compasión sino el interés lo que detuvo al amo de separar a treinta familias. Poco después, pasa por el sitio en que habitó no hacía mucho tiempo una comunidad de negros, que escaparon de la esclavitud tomando la parte alta de un cerro donde podían cultivar algo para comer. Según su guía, al ser encontrados, todos fueron capturados, excepto una anciana que prefirió arrojarse al vacío. En la reacción de Darwin al escuchar la historia se puede percibir su disgusto: “En una matrona romana esto hubiese sido llamado un acto noble de libertad: en una pobre negra es mera terquedad brutal”. Es sorprendente como estas experiencias aparecen sintetizadas en El origen del hombre, cuando hace referencia al concepto de “degradación”, o “regresión” de una cultura. Darwin argumentó en esta obra que las razas no representan especies diferentes, sino que todos los hombres provienen del mismo origen primitivo, un concepto no bien aceptado en su época como sabemos. El caso de una raza sometida que recibe el trato de las bestias, propicia lo que consideró regresión en las culturas. En esta misma parte de su viaje, mientras se acercaba a Rio de Janeiro, hubo un tercer episodio que le conmovió, cuando por accidente Darwin levantó su brazo mientras se encontraba muy cerca de un esclavo, quien aunque era alto y fornido, temió sin motivo aparente haber hecho algo que mereciera castigo:

Pasé mi mano cerca de su cara. El, supongo, pensó que lo hacía con furia, y que iba a pegarle. Con una mirada de temor y ojos medio cerrados, bajó sus manos. Nunca olvidaré mi sentimiento de sorpresa, disgusto, y vergüenza, al ver un hombre grande y fuerte con miedo hasta de prevenir un golpe, dirigido, como pensó, hacia su cara. El hombre había sido entrenado a una degradación peor que la esclavitud del animal más indefenso. (El viaje, 31)

Gaucho con ovejas

En tierra gauchos

En su paso por Uruguay y Argentina, a mediados de 1833, Darwin se sintió fascinado por el mundo romántico y libre del vaquero, que experimentó y describió en su diario con una abierta admiración, calificando como artes las habilidades que distinguen lo que hoy llamamos cultura del gaucho. No resistió el gusto por describir en detalle la destreza de estos hombres con el lazo y con las bolas para cazar y dominar a las reces y a los caballos, en un ambiente rudo de jornadas largas y noches a la intemperie. La primera de esas noches quedaría marcada en su diario el 11 de agosto de 1833 como una de las más placenteras en todo el viaje:

Hay gran placer en esta independencia de la vida del gaucho – ser capaz en cualquier momento de detener el caballo, y decir, “Aquí es donde pasaremos la noche”. La quietud sepulcral de la planicie, los perros vigilando, el grupo gitano de gauchos haciendo sus camas alrededor del fuego, han dejado en mi mente una fuerte imagen de esta primera noche, la cual nunca olvidaré. (El viaje, 79)

También es de notar que al partir hacia Tierra del Fuego, a fines de ese año, Darwin volvió a expresar su agradecimiento por el tiempo que convivió con los gauchos, a quienes consideraba sumamente corteses y hospitalarios. El profundo conocimiento de estos hombres de su entorno, incluyendo el comportamiento de pájaros como las avestruces y animales como el jaguar, le fue de una utilidad invaluable. Tan sólo en Maldonado, el famoso naturalista inglés había tenido la oportunidad de pasar diez semanas, el doble del tiempo que pasó en las Galápagos, y si bien dedica la mayor parte de su tiempo a estudiar las características físicas del entorno, y a identificar, clasificar y documentar sus observaciones sobre la flora y fauna que encuentra de interés, también convivió con colonos, notando cuan distante estaban del resto del mundo en más que el aspecto geográfico. En su diario escribirá estar impresionado al saber que un rico dueño de una estancia de miles de acres y miles de cabezas de animales, no supiera donde está Norteamérica o Londres, no conociera un mapa o una brújula y viviera en una casa con piso de tierra, comiendo una dieta tan rústica como la de cualquier campesino. Este tipo de contacto con personas toscas, y en ocasiones groseras, que se repetiría en los meses siguientes, tuvo un efecto importante en su apreciación sobre el significado de progreso o mejoramiento del hombre en sociedad. En El origen del hombre escribirá:

Aún pareciera, por lo que vemos, por ejemplo, en partes de Sudamérica, que la gente que podría llamarse civilizada, como los colonos españoles, está expuesta a hacerse indolente y retrógrada cuando las condiciones de vida son muy fáciles. (El origen del hombre, 328)

La idea se desarrolla en el capítulo que tituló, “Sobre las facultades intelectuales y morales durante tiempos primitivos y civilizados”, que constituye una reflexión sobre la selección natural en el hombre, y la manera en que una sociedad va mejorando conforme se va haciendo de individuos valiosos. Darwin concluirá al respecto, que “la lucha por la existencia debe ser suficientemente severa para forzar a un hombre a ascender hacia su mayor estándar”. También opina que para que una sociedad mejore, se necesita que coincidan muchas y muy variadas condiciones favorables; sin embargo, acepta que aún las condiciones más favorables no siempre son suficientes para asegurar el progreso de tal. Finalmente, explica, la manera más eficiente de conseguir el progreso es a través de la educación, la que debe comenzar desde una edad temprana, cuando la mente es aún tierna e impresionable; y debe ser “inculcada por los hombres más aptos y mejores, incorporada a las leyes, costumbres y tradiciones de la nación, y reforzada por la opinión pública.” (328),

Experiencias bélicas

El encuentro de Darwin con Manuel de Rosas es uno de esos pasajes históricos que por extraños se olvidan, y sin embargo, la importancia de esta experiencia, en la que el científico se vio en medio de una guerra de exterminio indígena, es difícil de negar. Camino a Buenos Aires, a fines de julio de 1833 Darwin llegó al campamento del Rio Colorado donde se encontraba Rosas con su ejército y con alrededor de 600 indios aliados. Así se convirtió en testigo de la campaña que intentaba consolidar el poder del general Rosas, en tierras donde reinaban luchas sangrientas y actos salvajes por ambas partes, tanto por los indios como por los soldados argentinos y chilenos, mejor armados. Al principio su impresión sobre el general fue positiva, un hombre disciplinado, inteligente y lleno de energía, pues le pareció que a pesar de su estilo despótico, Rosas podría sacar al país adelante. Sin embargo, en su revisión al diario de 1845 se retracta de esa apreciación. El testimonio de Darwin narra algunas de las anécdotas que ganaron a Rosas el respeto y el miedo de sus hombres: castigos ejemplares a manera de tortura a subalternos que le disgustaron de cierta forma, y exhibicionismo como excelente jinete, lo que le hacía merecedor del aprecio de los gauchos. Pero en los dos días que Darwin se ve forzado a pasar en el campamento, pues espera el salvoconducto de Rosas para seguir adelante, se ocupa observando a los indios aliados, llamados en general “civilizados”, que se encuentran allí. Más que nada llaman su atención las mujeres indígenas quienes a sus ojos tienen a cargo realizar trabajos más extenuantes que los hombres, como ensillar los caballos, subir la carga y hacer las tiendas por la noche: “en suma, ser, como las esposas de todos los salvajes, esclavas útiles”. (El viaje, 82)

La campaña de exterminio contra los indios tiene un impacto visible en Darwin, lo expresa narrando masacres cometidas recientemente en pueblos enteros de que se ha enterado, de ejecuciones como la que él mismo presenció, de tres mensajeros que no quisieron revelar la información que llevaban a sus tribus, y de otras atrocidades que le fueron narradas:

Todos aquí están convencidos de que ésta es la guerra más justa, porque es contra bárbaros. ¿Quién podría creer en esta era que tales atrocidades pueden cometerse en un país cristiano civilizado? Se salva a los niños de los indios para venderlos o regalarlos como sirvientes, o más bien esclavos hasta cuando los dueños pueden hacerlos creer que son esclavos. (El viaje,115)

En su diario no se detuvo para expresar algunas opiniones políticas. A su paso por la fortificación de Bahía Blanca, menciona que el poblado se estableció a la fuerza en 1828 robando la tierra a los indios, un error, piensa, que provocó el aumento de la violencia cuando pudo haber sido comprada, como habían hecho los virreyes españoles con las tierras de la más antigua fortificación de Río Negro. En este lugar, como en el caso de la mujer en Brasil, vuelve a poner la atención en un negro a quien se refiere con respeto, se trataba de uno de los “postas” que guardaba el fuerte de Bahía Blanca y que mereció su admiración: “Nunca conocí a un hombre más atento y cortés que este negro por lo que era triste ver que no podía sentarse a comer con nosotros.” (86)

Claramente Darwin meditaba sobre las relaciones entre clases y sobre la lucha por el poder político en el Nuevo Continente. Sabía sobre la historia de división social y racial, y sobre la anarquía política de los últimos tiempos. Lo meditaba en su recorrido de cuatrocientas millas hacia Buenos Aires, que por otro lado estuvo lleno de hallazgos por la riqueza de vida vegetal y animal, y por las formaciones naturales que pueden revelar tanto a un geólogo como él, navegando por el “noble” Paraná. Este río en particular le lleva a expresar su desprecio por el dictador Paraguayo Gaspar Rodríguez de Francia y por la historia trágica de la región. Para él, el Paraná debería ser un punto importante de comunicación entre el vasto y rico continente, por lo que reconoce, quizás no tan imparcialmente, que el modelo británico es superior.

¡Que diferente sería el aspecto de este río si hubiesen sido colonos ingleses quienes por fortuna hubiesen entrado primero por el Plata. ¡Qué nobles pueblos ocuparían ahora sus laderas! Hasta la muerte de Francia, el dictador de Paraguay, estos dos países deberán permanecer distintos, como puestos en diferentes partes del globo. Y cuando el empecinado viejo tirano se haya ido, Paraguay será desgarrado por revoluciones, violentas en proporción a la previa calma inusual. El país tendrá que aprender, como cada uno de los estados sudamericanos, que una república no puede tener éxito hasta contar con un cierto cuerpo de hombres dotados de los principios de justicia y honor.”(El viaje, 153-154)

Es seguro que la pésima opinión que Darwin tenía acerca del dictador Rodríguez de Francia, el Supremo, quien estuvo en el poder de 1814 a 1840, tuviera que ver con lo que sucedió a Aimé Bonpland, el médico y naturalista francés, compañero de viaje de Humboldt, quien había regresado y se había establecido en Santa Ana, cerca del Paraná, en 1821, para dedicarse al cultivo de la yerba mate. Su castigo por hacerlo sin permiso del gobierno, quien tenía el monopolio, fue su arresto domiciliario por 10 años.

En la entrada a su diario del 20 de octubre de 1833, la realidad política ha vuelto a trastornar los planes de Darwin, cuando desembarca en la boca misma del gran río, en Las Conchas, y se encuentra en medio de lo que llama “una violenta revolución”. Un grupo de seguidores de Rosas se han levantado en armas contra el gobernador Balcarce “por apenas un pretexto de quejas: pero en un estado en el que en el curso de nueve meses (de febrero a octubre de 1820) sufrió quince cambios de gobierno”. (156) Los puertos a la ciudad estaban bloqueados por los rebeldes, no salía ni entraban provisiones, la ciudad estaba sitiada y Darwin se vio varado por dos semana con este grupo que le pareció de “bandidos”, hasta recibir permiso para cruzar, aunque sin caballo ni guía, para seguir su camino a Buenos Aires. Antes visitará Montevideo y otras poblaciones, y el 17 de noviembre realiza una excursión por Colonia de Sacramento, donde medita nuevamente sobre las luchas políticas:

Por la tarde di un paseo por las medio demolidas paredes del pueblo. Fue un sitio principal en la Guerra del Brasil: una guerra muy perjudicial para este país, no tanto por sus efectos inmediatos, como por ser el origen de multitud de generales y todos los otros grados de oficiales. Hay más generales, aunque no pagados, en Las Provincias Unidas de la Plata, que en el Reino Unido de Gran Bretaña. Estos caballeros han aprendido a gustar del poder, y no tienen objeción a un poco de combate. De aquí que siempre hay muchos prestos para crear disturbios y derrocar a un gobierno, el cual nunca ha estado cimentado en una base fuerte. (El viaje, 160)

Rumbo a Tierra del Fuego

Antes de partir a Patagonia en diciembre, Darwin resume algunas observaciones sobre las gentes de las tierras que ha visitado en los últimos seis meses. Otra vez menciona a los gauchos, le parecen superiores y más amables que las personas que residen en los pueblos. Pero al mismo tiempo opina que el hábito de cargar cuchillos causa demasiadas muertes y una buena cantidad de hombres con terribles cicatrices en la cara. Ya en Bahía de Botafogo, había hecho una observación similar cuando observaba la destreza con que los niños aprenden a usarlos desde pequeños para cortar la hierba que cierra el paso por los bosques tropicales (a Rosas le aplaudió haber prohibido el uso de cuchillos en día domingo). Asimismo, observó los efectos dañinos de la bebida y el juego, la incidencia de robos, la facilidad de vivir sin trabajar, la corrupción de las autoridades y la falta de seguridad para los viajeros. Pero por otro lado, Darwin es optimista, pues supone que el “liberalismo” que reina y la tolerancia a otras religiones, entre otras cosas, darán fruto en el futuro.

Beagle en el Estrecho de MagallanesEl Beagle en el Estrecho de Magallanes

 

La pobreza de los habitantes de Tierra del Fuego, su atraso cultural en medio de una tierra que no ofrecía la menor posibilidad de cultivar nada ni poseer nada, su vida nómada, forzados a vivir de las aguas heladas, y su desnudez en medio del frío y la humedad, producen una gran impresión en Darwin, quien también sabe, por un nativo fueguino de otra tribu que viajaba con ellos, que este grupo, a veces forzado a no comer por días, llega a comer a sus ancianos. La tribu da a Darwin la oportunidad de admirar en ellos la resistencia de que es capaz el ser humano y la costumbre de imitar (como lo han hecho con sus extraños visitantes), lo que considera una habilidad que ocurre en culturas inferiores y que el hombre en sociedades superiores ha perdido. En sus escritos científicos aclara que el hombre aprende precisamente de la imitación y de la experiencia. Su encuentro con estos fueguinos llevó a Darwin a especular que su situación se debía a causa de otras tribus que los empujaron a estas latitudes en donde su aislamiento y su vida nómada les ha impedido civilizarse.

Los hábitos nomádicos, ya sea en extensas planicies, o entre los bosques tropicales, o a lo largo de las costas del mar, han sido altamente perjudiciales en todos los casos. Mientras observaba a los habitantes bárbaros de Tierra del Fuego, se me ocurrió que la posesión de alguna propiedad, una vivienda fija, y la unión de muchas familias bajo un jefe, eran requisitos indispensables para la civilización. Tales hábitos casi necesitan del cultivo de la tierra; y los primeros pasos para cultivar probablemente resulten… de algún accidente como el que las semillas de un árbol de fruta caigan sobre un montón de basura, y produzcan una variedad atípicamente fina. (Origen, 323)

Uno de los episodios más memorables en el viaje del Beagle por Sudamérica, es el caso de los tres nativos de Tierra del Fuego que venían de regreso de Inglaterra. Estos compañeros de viaje de Darwin habían sido recogidos en el viaje anterior del barco por el capitán FitzRoy como rehenes, después de un incidente que implicaba un robo, costumbre muy generalizada entre las tribus de fueguinos. Los tres nativos habían aprendido inglés y los tripulantes del barco, no pudiendo pronunciar sus nombres les habían dado otros: Jemmy Button, Fueguia Basket y York Minster, estos dos estaban casados. Su repatriación dio a Darwin y a su grupo otra oportunidad de pasar unos días en sus territorios y de observar la capacidad de asimilación a que fueron expuestos cuando experimentaron la cultura de Inglaterra. Con ellos venía el Misionero Robert Matthews que planeaba quedarse. El reencuentro con familiares y amigos, dio lugar a un ritual muy distinto al abrazo que se usa en Occidente. Un tiempo después el Beagle regresó a estas costas, donde fue alcanzado por Jemmy, quien fue invitado a seguir con ellos, pero éste ahora estaba casado y se había readaptado a su vida. Matthews tuvo tiempo de arrepentirse y regresar al Beagle pues los fueguinos habían robado todas sus posesiones e intentado arrancarle la barba “pelo por pelo”.

La expedición de Darwin continuó por muchas ciudades y regiones de Chile, y por Perú, donde tendría ocasión de comparar las culturas costeñas como en Chiloé, Chile, con las andinas de tierras altas. También pudo ver algunas ruinas incas antes de partir a las Galápagos. Hoy sabemos que la extraordinaria importancia de las observaciones realizadas por Darwin en su estudio de la naturaleza hicieron posible entender mejor la complejidad y diversidad de nuestro mundo. Sin embargo, al seguir su travesía a través de las páginas de su diario, es claro que sus hallazgos no se limitaron a la historia natural y que sus experiencias sociales, que incluyeron desde nativos y colonos americanos, dueños de estancias, hosteleros, esclavos, criados, comerciantes, vaqueros, soldados, marinos, y tribus indígenas diversas, contribuyeron grandemente a formar el sofisticado universo antropológico de Darwin, uno que incluía tanto la gama de razas humanas como diversos estados de “civilización” o de salvajismo. Sobre esta base monumental de tipos construyó el lente científico que enseñó a las generaciones futuras a estudiar la vida en función a las condiciones que determinan su medio ambiente.

*Todas las citas en este artículos son traducciones mías de las fuentes originales:

Charles Darwin. The Descent of Man and Selection in Relation to Sex. Great Books of the Western World, No. 49 (Edited by Encyclopedia Britannica), Chicago, 1952.

—- The Voyage of the Beagle. Pen State Hazleton PDF electronic edition, 2001.

Consulta:

Jonathan Clemens. Darwin’s Notebook: The Life, Times, and Discoveries of Charles Robert Darwin. Philadelphia: Quid Publishing, 2009.

 

Otoño

Otoño poético

Con el amanecer llegó un viento recio,
un rumor de adiós que hiere ramas muertas,
un saber que todo acaba,
un temor de soledad que obstruye la garganta
y ahoga las palabras;
de aves que instintivas huyen previniendo la falta de cobijo,
de árboles llorando hojas,
de silencios que asustan a sus propio ecos,
y fríos que desnudan la tierra sembrándola de sombras.
Me consoló el recuerdo de un sepulcro
que guarda un nicho para mí cerca del tuyo.

Ocoxal

Salman Rushdie y la Revolución Sandinista

En el mundo real había monstruos y gigantes;
pero había también el inmensurable poder de
la voluntad. Era enteramente posible que la
voluntad de Nicaragua de sobrevivir probara
ser más fuerte que las armas norteamericanas.
Tendríamos que esperar para verlo.

Salman Rushdie

(La sonrisa del jaguar, 1987)

el poeta Ernesto Cardenal

El poeta Ernesto Cardenal

El libro de Salman Rushdie La sonrisa del jaguar, inspirado en su visita a Nicaragua en 1986, es un documento singular en la historia de las revoluciones latinoamericanas ya que todavía en el periodo de la Guerra Fría, presenta una reflexión externa del movimiento sandinista, que lejos de clamar por la radicalización marxista del continente, representaba el rechazo del pueblo a la agresión militar de los Estados Unidos y a un destino de desigualdad controlado por dictaduras.  La sonrisa del jaguar es un recuento de las observaciones recogidas por Rushdie durante las tres semanas que duró su estancia en Nicaragua y de sus conversaciones con un buen número de personas, tanto los líderes dirigentes del movimiento que derrocó al último de los Somoza, como a miembros de la administración sandinista, sacerdotes, escritores, trabajadores sociales, campesinos, gente del pueblo, milicianos heridos que esperaban recuperarse para combatir al ejército de los contra nuevamente, observadores extranjeros y críticos como Violeta Chamorro, cuyo diario la Prensa había sido cerrado por el gobierno de Daniel Ortega, bajo sospecha de ser financiado por la CIA y acusaciones de provocar la inestabilidad en el país en medio de una guerra.

Rushdie interpretaba la situación de Nicaragua como un caso de David y Goliat que le había instado a profundizar su conocimiento del conflicto desde los años en que el catastrófico terremoto que devastó Managua en 1972 había mostrado al mundo la cara criminal del gobierno de Anastasio Somoza hijo. El escritor nacido en la India apoyó la Revolución Nicaragüense a través de la Campaña de Solidaridad con Nicaragua en Londres donde radicaba entonces.  Las circunstancias de su visita responden a un interés personal de quien se identificaba abiertamente con la posición anti-imperialista de los rebeldes, como hijo él mismo de un movimiento triunfante que liberó a su nación del colonialismo inglés. Reconocía que su conciencia era “producto del triunfo de la Revolución Hindú” y veía la vulnerabilidad del pequeño país ante la amenaza de invasión norteamericana a través del simbolismo de una letanía que había llamado su atención y que da el título a su libro: “Había una niña de Nicaragua que sonreía mientras montaba a un jaguar y al regreso del paseo la niña estaba dentro y la sonrisa en la cara del jaguar.”  Las circunstancias precarias que vivía Nicaragua en ese momento se hacen evidentes a lo largo de la narración, pero hay también un tono de reservado optimismo basado sobre todo en la solidaridad del pueblo nicaragüense a su Revolución. “Hope” que en español significa “esperanza” es precisamente el título del prólogo, el cual narra la curiosa circunstancia que diez años atrás lo había acercado a este pueblo, cuando en 1976, la esposa del dictador, Hope Somoza, respondiendo a la infidelidad del marido, se había mudado a una casa vecina al edificio de Rushdie, convirtiéndola en centro de concurridas fiestas, y a la calle en despliegue de coches de las marcas más lujosas.

La invitación vino de la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura (ASTC) que invitaba a escritores, artistas, músicos, bailarines, etc. a celebrar el séptimo aniversario del triunfo de la Revolución. Para entonces, Salman Rushdie poseía un conocimiento abundante del tema, de la historia de Nicaragua y de su cultura, sobre todo de sus escritores y poetas y de la opinión de los más importantes autores latinoamericanos, lo que hace su reflexión todavía más valiosa. Conoce bien la apreciación de Cortázar sobre Nicaragua y no está de acuerdo con la perspectiva de Mario Vargas Llosa. Confiesa no haber tenido intención de escribir un libro sobre el tema, pero dice haber sido afectado profundamente por la resolución del Congreso estadounidense de aprobar el uso de 100 millones de dólares de ayuda a los contra, a pesar de que la Corte Internacional de Hague había condenado la decisión de agresión estadounidense que apoyaba el entonces presidente Ronald Reagan. Sin embargo, Rushdie reprobó la censura del diario la Prensa y compartió abiertamente su crítica con el presidente Daniel Ortega, aunque tampoco vio en Violeta Chamorro la intención desinteresada y objetiva de mantener a su diario y a ella misma fuera de la política. Su temor, confesaba al inicio del viaje, era encontrar “como sucede a menudo”, que el gobierno sandinista se convirtiera “en lo mismo que se había propuesto destruir”; y se preguntaba si simpatizaría con los sandinistas, aunque de hecho, concluía: “a uno no tendría que gustarle nadie para creer en su derecho de no ser aplastado por los Estados Unidos aunque ayudaría.”

Mural Parque Nacional Volcán Masaya. Foto cortesía de Areli Ibarra

Mural Parque Nacional Volcán Masaya. Foto cortesía de Areli Ibarra

Es claro su interés por encontrar la fuerza que sacaría adelante al pueblo de Nicaragua. “Cuando no se nace en Occidente”, dice al inicio, “uno tiene cierta noción de cómo es la perspectiva desde abajo”.  Sin embargo, Rushdie evitó ser subjetivo y buscó perspectivas diferentes inquiriendo sobre la motivación y expectativas de los diversos actores dentro del conflicto.  A su llegada conoce a Tomas Borge, entonces ministro del interior, único sobreviviente de los diez primeros líderes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), los otros nueve habían sido asesinados antes de la caída de los Somoza. Se entrevista con el escritor Sergio Ramírez, vicepresidente del país, con quien viaja a Campoa, reuniéndose con Luis Carrión para celebrar el Día Nacional de la Reforma Agraria. Aquí presencia la entrega de 70 mil acres de tierra a campesinos y conoce a Jaime Wheelock, ministro de agricultura y antes comandante en la Revolución. Se entera de que a este tiempo se habían repartido ya 2 millones de acres de tierra a 100 mil familias. En Campoa conoce al padre Alfonso Alvarado, otro ejemplo de la comunión entre la Nueva Iglesia nicaragüense y su  Revolución. De regreso en Managua asiste a un recital de poesía donde conoce a la crítica Ileana Rodríguez y disfruta escuchando a las poetas Vidaluz Meneses y Gioconda Belli entre otros.  En casa de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo cena con algunos representantes como Claudia Chamorro, embajadora en Costa Rica, y escritores y poetas como Carlos Martínez Rivas, José Coronel Urtecho, Miguel d’Escoto, ministro del exterior, y Ernesto Cardenal, ministro de cultura, ambos de ellos sacerdotes. Con Cardenal, considerado el más importante poeta nicaragüense contemporaneo, se había reunido ya con anterioridad en su oficina, en lo que antes fuera el lujoso baño de Hope Somoza; en esa ocasión el poeta le habló de sus influencias literarias y su conversión de sacerdote a revolucionario.

La razón principal de su viaje, el aniversario de la Revolución, tiene lugar en Estelí el 19 de julio de 1986. El evento y el lugar están en peligro de ser blanco de un ataque de los contra por encontrarse a sólo 40 kilómetros de la frontera con Honduras, donde había 50 mil soldados nicaragüenses estacionados. Aquí le acompañan Rosario Murillo y el antes comandante Bayardo Arce. De regreso en Managua comparte unas horas con Hugo Torres, jefe de educación, Burt Schneider, productor de cine norteamericano y Susan Meiselas, fotógrafa de guerra. En Bocay entrevista a campesinos de una Cooperativa, y aún en medio de las carencias y del racionamiento que sufren, la comunidad le muestra su hospitalidad con un banquete consistente en sopa de frijoles y un huevo fertilizado, al que llama huevo de amor, un verdadero lujo dada la situación.  A Rushdie le conmueve la fe de la gente y le impresiona la vitalidad de la Misa Campesina en el barrio Riguero de Managua, en donde la música y el mensaje del padre Molina revelan la fuerza unificadora de la Teología de la Liberación. En la iglesia se topa con brigadistas estadounidenses que han venido como voluntarios para ayudar en la agricultura mientras los hombres salen a pelear. Finalmente en Bluefields, en la costa éste, le sirve de guía Mary Ellsberg, una brigadista dedicada a la salud que ahora servía en esta zona tan culturalmente diversa por su conexión antillana, y por su alta población de indios misquitos. Aquí es testigo del peligro que enfrenta esta parte aislada de Nicaragua sin defensa y bajo la constante amenaza de ataques y del secuestro de menores que eran reclutados por los contra. Aquí visita a la mujer que ha ayudado a nacer a la mayoría de los jóvenes de la población y que tiene dentro de su casa como mascota a una vaca.

Después de su recorrido en aquella Nicaragua de apenas tres millones de habitantes, en guerra contra el imperio más poderoso del mundo, Salman Rushdie no tiene duda de la pasión que mueve al pueblo y de la fuerza de su fe. Para entender la entrega de la gente a su Revolución evoca la pintura Cristo Guerrillero de Gloria Guevara, que muestra a dos mujeres indígenas al pie de una cruz que sostiene a un cristo vestido en jeans, como sus hijos y maridos soldados. Rushdie concluye que la imagen es totalmente familiar y vigente para este pueblo que ve la muerte a cada día en medio del hambre y la pobreza y que comulga con sus mártires inmortalizados en cada calle, escuela y hospital que lleva su nombre; Sandino a la cabeza, “más vivo que nunca”, aún sobre las ruinas todavía visibles del terremoto; los sandinistas, todos poetas como observa a largo de su libro, entregados a su causa, administrando lo mejor que pueden a un país debilitado y vulnerable; y los guías espirituales, los sacerdotes, también unidos a la Revolución, cumpliendo con un llamado moral y divino que identificaron con la liberación prometida por su fe. Al final del viaje debe regresar a la pregunta que le intriga desde su llegada, ¿será Nicaragua devorada por la geopolítica, es decir, por Los Estados Unidos? ¿Sería este el jaguar?, Rushdie encontraría otro planteamiento mucho más optimista para la interpretación del simbolismo creado por los versos citados: “Qué tal si el jaguar es la Revolución?”

La sonrisa del jaguar

A casi tres décadas de la publicación de La sonrisa del jaguar el libro se siente actual en todo momento. Nos regala un acercamiento personal a un país que entiende el precio de la guerra en un momento que se enfrenta a la mayor amenaza de su historia. La narración fluye clara y ligera introduciendo el lado humano de los personajes, citando las frases reveladoras de sus entrevistas y los pasajes poéticos que dan luz a la interpretación, y añadiendo sus reflexiones sobre el futuro del conflicto que en todo momento buscan las respuestas en la voluntad y la pasión del pueblo de Nicaragua, tan vivas en su poesía y en el rito religioso.

Batallón de San Patricio, inmigrantes en busca de una patria

“Si hubiera parque, no estaría usted aquí”

General Pedro María Anaya
(Su respuesta al general enemigo tras la derrota,
de Churubusco, 20/08/1847)

Batalla de Sacramento, febrero de 1847

Batalla de Sacramento, febrero de 1847. Detalle de Litografía de Julio Michaud y Thomas.

De cómo decenas de irlandeses, alemanes y otros soldados europeos desertaron de las filas del general Zachary Taylor para pelear en defensa de México es un hecho que sorprende. El año era 1846 y los ejércitos mexicanos peleaban en una lucha desigual para proteger una gran parte de su territorio. Al mismo tiempo que México se defendía en varios frentes con soldados y voluntarios pobremente abastecidos, Irlanda sufría el éxodo nacional más grande de la historia europea hasta entonces. Su población escapaba del yugo colonial inglés pero sobre todo del hambre. La clase aristócrata de Inglaterra poseía la tierra cultivable dedicándola a la siembra del trigo para su propia demanda. Bajo ese sistema, los campesinos irlandeses dependían de sus huertas caseras e irónicamente de un producto en particular, la papa, que por ser un tubérculo de mal aspecto fue despreciado, sobre todo por la aristocracia europea, durante largo tiempo después de haber sido introducido del Perú en el siglo XVI.

La papa, o patata, soportaba las bajas temperaturas de la región y rendía fruto más de una vez al año. así que la epidemia que destruyó completamente la cosecha pudo causar el hambre general y el éxodo de más de dos millones de irlandeses entre 1845 y 1849. Sin embargo, para estos años la emigración desde Irlanda no era un fenómeno completamente nuevo. Sólo en 1830, habían llegado 650 mil inmigrantes irlandeses a tierras americanas; la mayor parte eran católicos, por lo que enfrentaron inmediatamente el rechazo abierto de los puritanos de Massachusetts en donde primero se establecieron. En los años 40, al incrementarse el número en forma acelerada, su población se extendió a Nueva York, Illinois, Pennsylvania, y más tarde a Nueva Jersey, Ohio y California. Para 1920, menos de un siglo después, la inmigración irlandesa a Norteamérica llegaría a formar el 10% de la población total de los Estados Unidos.

Una de las consecuencias directas de este gran éxodo fue el rechazo de los llamados “nativistas” a los nuevos inmigrantes, que se tradujo en protestas públicas y políticas, y en ocasiones en actos de provocación destinados a expulsarlos de sus comunidades. Los nativistas, protestantes todos ellos, mostraron su odio desde temprano con la quema de iglesias y conventos. No obstante, los irlandeses se defendían sin miedo en enfrentamientos violentos en donde a veces las agencias del gobierno tomaban partido con los nativistas. La situación de los irlandeses se complicaba porque no todos eran católicos y su comunidad revivía las divisiones traídas del viejo continente.

El historiador Noel Ignatiev narra en su obra How the Irish Became White (traducción literal:“De como los irlandeses se hicieron blancos”) que en 1843 en Filadelfia, los nativistas provocaron una protesta de trabajadores irlandeses después de que una maestra católica se rehusó a leer en la escuela una biblia de Rey James, por lo que fue despedida. El hecho había encendido las luchas ideológicas entre protestantes y católicos y la violencia se apoderó de las calles. Al resultar muerto un irlandés protestante de nombre George Shiffler, su venganza al grito de “mártir” llevó a la quema de la iglesia de St. Michael al día siguiente. Los bomberos, simpatizantes con la causa nativista, se limitaron a rociar los edificios adyacentes. Un día más tarde, la iglesia de San Agustín también fue quemada.

Parte del odio venía del rechazo a la Iglesia Católica y parte porque se veía a los recién llegados, en su mayoría iletrados y pobres, como una carga social que implicaba pagar más impuestos. Visto desde nuestro tiempo, más que sorprendente resulta inverosímil el que los irlandeses no fueran considerados como “blancos” por los anglos y compitieran a su llegada por los trabajos que sólo los negros no tenían derecho a despreciar. También los alemanes eran víctimas de ataques por parte de los nativistas ya que en gran número eran laicos; entre ellos había ateos, agnósticos, socialistas y en general reformistas. Sin embargo, estos habían dejado atrás las divisiones religiosas aunque no simpatizaban con la élite inglesa, particularmente la aristocracia del Sur a la que identificaban con la misma clase contra la que se habían revelado en su tierra natal.

Miles de irlandeses, tanto protestantes como católicos, se enlistaron voluntariamente en la guerra contra México. Participaron compañías de irlandeses provenientes de Savannah e Illinois, bajo James F. Egan y Windfield Scott. este último contaba con un cuerpo de 2000 nativos irlandeses, según narra Carl Wittke en su libro The Irish in America. Un número indeterminado de ellos era miembro de pandillas y su expediente de delincuencia era serio, por lo que la guerra significaba una buena manera de evitar ir a la cárcel. Noel Ignatiev menciona el caso de William McMullen, miembro de la pandilla de los Killers, (Matones), quien no sólo había estado en el grupo de los que asesinaron a Shiffler en los enfrentamientos en Filadelfia de 1843 y 1844, sino que había apuñalado a un policía y herido a otro y esperaba juicio en 1846. Su participación en el ejército en la invasión de México lo redimió pues regresó como un héroe. Aún así, ésta no fue una guerra popular, y hubo suficientes críticos incluso dentro del mismo Congreso. El general Ulysses Grant estuvo entre quienes reprobaron la agresión a México. El historiador Ignatiev agrega que:

El ejército de Estados Unidos tuvo el más alto grado de deserción de cualquier ejército en la historia de los Estados Unidos – 8 porciento. Los soldados nacidos en el extranjero formaban casi la mitad de las fuerzas del general Taylor; de estos, la mitad eran irlandeses. (161)

Batalla de Churubusco, Litografía de Julio Michaud y Thomas

Batalla de Churubusco, Litografía de Julio Michaud y Thomas

La formación del Batallón de San Patricio es un tema que los historiadores norteamericanos han preferido omitir, y apenas ocupa unas líneas aún en los libros cuyo tema específicamente trata de irlandeses en América. Por otro lado, los especialistas en temas México-americanos y en estudios chicanos han dedicado más tiempo y reflexión a este episodio del expansionismo estadounidense como parte del periodo que dominó la ideología del “Destino Manifiesto”. Su base se encontraba en la doctrina puritana cuya política de discriminación racista victimizó tanto a las tribus nativas y a negros, como a mexicanos, chinos, e irlandeses en este caso.

Los soldados irlandeses que se unieron al Batallón de San Patricio eran católicos y se oponían a la esclavitud; no extraña que se identificaran más con los mexicanos. Además esperaban que al término de la guerra recibirían tierras por su servicio para establecerse y empezar una nueva vida. Las versiones que han condenado su deserción anteponen motivos materiales y argumentan que el ejército mexicano les ofreció mejor paga que el norteamericano, pero tal tesis no tiene mucho peso considerando lo pobre que estaba el país, y sobre todo lo mal equipado que estaba el ejército mexicano por la falta de fondos, armamento y provisiones. En mayo de 1846, el presidente Polk había asegurado del Congreso permiso para financiar el reclutamiento de 50 mil soldados, además de recibir apoyo de algunos del sector privado que tenían interés en la anexión de más territorio. La historiadora Josefina Zoraida Vázquez subraya en su libro La Intervención Norteamericana (1846-1848), la gran desventaja que enfrentaba México con un ejército cuya artillería no estaba modernizada y que contaba con pocos recursos. Por ejemplo, en la marcha hacia Saltillo de Santa Anna en enero de 1847, el frío extremo entre San Luis y Coahuila había provocado la baja de dos mil soldados por la falta de abrigo.

El ejército invasor contaba con todo, bastimentos, medicinas, caballos, salarios y oficiales especializados en todas sus ramas, tanto que en sus filas iniciaron su carrera los primeros graduados de West Point. Los mismos voluntarios podían ser entrenados, disciplinados y sustituidos continuamente, mientras que en el ejército mexicano los sobrevivientes de una batalla marchaban de inmediato a enfrentar la siguiente, a veces marchando medio territorio. Las fuerzas que lucharon en el norte lo harían en Veracruz y después en el valle de México. (77)

Respecto al Batallón de San Patricio, considerando el maltrato al que todavía eran sometidos como inmigrantes por la sociedad anglo-americana en general, parece lógico concluir que algunos irlandeses, alemanes, polacos y otros católicos simplemente se revelasen contra el repudio y la violencia experimentados en el país por el que ahora debían pelear. El profesor Rodolfo Acuña, conocido especialista en estudios chicanos, menciona en Occupied America que los irlandeses católicos resentían el comportamiento de otros soldados, la quema de iglesias y el trato a monjas y sacerdotes. Su relato cita episodios de extrema crueldad contra las poblaciones civiles por parte del ejército americano, como atrocidades y robo a poblaciones indefensas. Agrega que su capitán John Riley había desertado antes del ejército británico en Canadá uniéndose al General Paredes en defensa de los derechos de los indios a sus tierras. Otro investigador, Juan Carlos Castillón, reitera en su estudio Extremo Occidente, que había descontento entre los soldados en las compañías militares, pues como indica, estaban “mal dirigidos y peor tratados por sus mandos, debido sobre todo a su catolicismo”.

Parte superior de la placa conmemorativa dedicada a los soldados del Batallón se San Patricio

Parte superior de la placa conmemorativa dedicada a los soldados del Batallón se San Patricio. Muestra al águila azteca abrazando a una cruz celta. Museo de las Intervenciones, México, D. F.

En realidad, nadie sabe cuantos desertores simplemente abandonaron el combate en medio de la guerra y se asimilaron a comunidades del país; en Coahuila, Nuevo León, Chihuahua, y Sonora por ejemplo, donde la población blanca parece mayor que en los estados del centro. Los demás que siguieron luchando hasta el fin defendieron a la ciudad de México, la mayoría desde el que fuera el Convento de Churubusco, hoy “Museo de las Intervenciones”, donde sufrieron la derrota decisiva el 20 de agosto de 1847 quedándose sin parque. El número de europeos-americanos que participaron en ella fue de por lo menos 260, según el profesor Acuña. El juicio y el castigo vendrían unos días después. A algunos de los capturados, alrededor de 80, se les marcó con una “D” en la cara con hierro caliente, a otros se les azotó, y más de 50 fueron ejecutados. Hay 71 nombres en la placa conmemorativa que el gobierno mexicano les dedicó como héroes nacionales, 13 de ellos son alemanes.

Las pugnas entre nativistas, protestantes, católicos y otros grupos en Los Estados Unidos habían tenido un impacto político trascendental en la sociedad que se encontraba cada vez más dividida. La anexión de nuevos territorios mexicanos y sus pobladores que no eran blancos en una nación que lo quería ser, contribuyó a dividir más a los estados progresistas del norte, y al Sur, cuya economía dependía de la esclavitud. La polarización desembocaría en la Guerra Civil en la que triunfó el partido de Abraham Lincoln, pero no sin la ayuda de más de 150 mil irlandeses que lucharon por la Unión y por la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos. Hoy México no olvida el sacrificio de los San Patricios que murieron como mexicanos sin dejar de amar a su primera patria. Se han dedicado varios monumentos y una calle a su memoria; su estandarte, un harpa con perfil de ángel sobre el lema Erin Go Bragh (en una traducción no oficial, Siempre por Irlanda) así los recuerda en los homenajes que se les rinde cada año.

La placa conmemorativa del pueblo de México a los héroes irlandeses

La placa conmemorativa del pueblo de México a los héroes irlandeses fue dedicada en 1959. Museo de las Intervenciones.

Inés del alma mía, otra mirada a la fundación de Chile

En las Indias cada uno era su propio amo,
no había que inclinarse ante nadie… Allá
nadie cargaba con el deshonor por mucho
tiempo y hasta el mas humilde podía
encumbrarse.

Isabel Allende

Retablo en madera de Santiago Matamoros de autor anónimo. Colección de arte colonial Franz Mayer

La campaña de Pedro de Valdivia que pretendía la conquista de Chile (1540 -1541) fue como ninguna otra, una empresa que sin ofrecer una posibilidad real de enriquecimiento, sí garantizaba enormes riesgos para sobrevivir. Partiendo de Lima, era necesario cruzar el temible desierto de Atacama donde habían muerto muchos de los seguidores de Diego de Almagro en esa primera gran expedición al extremo austral del Imperio Inca. La ruta de los Andes era imposible; habían muerto de frío alrededor de cincuenta españoles, doscientos negros y dos mil indios, además de innumerables caballos y perros, por lo que Almagro no se había atrevido a tomarla de nuevo. Los que habían logrado regresar, expulsados en combates sangrientos por los aguerridos mapuche, lo hicieron difamados y en andrajos. Naturalmente, esto redujo el interés para el financiamiento de una segunda incursión, lo que obligó a Pedro de Valdivia a adquirir deudas y vender su hacienda, ganada poco antes como recompensa por el servicio militar que prestó a Francisco Pizarro en la Guerra de las Salinas.

La tenacidad de Valdivia es incuestionable, pero también es cierto que nunca estuvo solo, y que la fundación de Santiago de la Nueva Extremadura, hoy Santiago de Chile, así como su epopeya son hazañas que compartió con Inés Sánchez, una mujer extraordinaria que estuvo a la altura del reto y a quien en su novela Inés del alma mía (2006), Isabel Allende convierte en portavoz de las experiencias de los años que cimentaron al pueblo chileno de hoy. Su relato se desarrolla como una autobiografía que a veces parece una confesión íntima dirigida a una hija, pero otras refleja la época con el detalle de una crónica. La voz, así como la perspectiva femeninas ahondan en las circunstancias que ayudan a comprender lo que dista de parecer real en el choque entre estos dos mundos tan distintos.

Pero además se trata de una historia que narra la barbarie de la guerra, de medio siglo de batallas, invasiones y conquistas, desde las contiendas en Flandes y más tarde en Italia, en donde Valdivia se distinguió cuando era aún muy joven, hasta la Batalla de Tucapel en 1553 contra los mapuche, la que significaría el fin de su vida. Bajos refuerzos y ataques furtivos de indios que envenenaban o secaban los pozos de agua a lo largo del camino, aumentaban las dificultades de la caravana de yanaconas o indios auxiliares, negros y soldados, mermando su confianza en el buen término de la campaña.

Desde el principio la expedición había abierto una brecha de inconformidad entre Valdivia y Sancho de la Hoz, quien interponía los derechos que Carlos V le había dado a él para gobernar las tierras conquistadas. Francisco Pizarro, entonces gobernador del Perú, ya había concedido a Valdivia autoridad en cuanto a los nuevos territorios. Aún cuando los dos capitanes acordaron cooperar para el beneficio de todos, la realidad es que se sabían rivales. A partir de entonces, a los peligros naturales de la expedición se añadió la división entre los hombres, las conspiraciones y un atentado contra la vida de Valdivia, quien hizo a de la Hoz su prisionero. Más tarde éste sería uno de los cuantiosos cargos por los que Valdivia, nombrado gobernador de Santiago por sus subalternos, tuvo que responder estando a punto de ser destruido políticamente. Sin embargo, la mayor víctima de la envidia y animadversión de sus enemigos sería su relación con Inés, es decir, la posibilidad de seguir juntos.

Las cualidades de Pedro de Valdivia, soldado y estratega de carrera y de linaje, hombre celoso de su honor y enamorado de la fama y de su servicio a Dios y a España, no son muy distintas a las del noble militar distinguido de la época. Sin embargo Isabel Allende subraya su singularidad en la apreciación de la magnitud de sus proezas, en la lealtad y respeto que inspiró en soldados de la talla de Francisco de Villagra, Alonso de Monroy, Jerónimo de Alderete, Francisco de Aguirre, Juan Gómez y Rodrigo de Quiroga, entre otros que le siguieron hasta el extremo del mundo; pero sobre todo en su disposición a adaptarse a las nuevas circunstancias y romper prejuicios sociales reconociendo en Inés, una costurera de Plasencia, a algo más que una concubina, una compañera con la que estaba dispuesto a compartir la Conquista de Chile. Es este ángulo que exalta la fuerza de voluntad humana, lo que Isabel Allende explora presentando la aventura de la conquista como un proceso trasformativo, en donde las condiciones de la experiencia y el contacto con las tierras americanas significaban la oportunidad de reinventarse y construir una sociedad diferente.

El caso de Inés revela con claridad las inquietudes de miles de mujeres españolas de su tiempo como testigos pasivos, en su mayor parte víctimas, de la fiebre de ambición y competencia de un mundo masculino que las convertía en viudas sin serlo realmente, condenándolas a la soledad de largas esperas que bien podían no tener fin. Para Inés no obstante, vivir arrimada a una hermana, a la espera de un marido al que ya no amaba, era intolerable. El partir a las Indias para definir su situación marca el comienzo de su liberación, del camino en el que, al igual que tantos hombres, conseguiría reinventarse mientras juntos creaban un futuro nunca antes imaginado. Su rebeldía en contra de las limitaciones impuestas sobre la mujer, iba acompañada de inteligencia y arrojo, sin los cuales no hubiese podido enfrentar el acoso de hombres bajos y perversos a los que tenía que exponerse en cada tramo de su fantástica travesía hasta Cuzco. Dormir con una daga bajo la almohada fue una de las muchas cosas que Inés habría de aprender en su épica aventura en los reinos americanos de España.

Inés del alma mía

Como protagonista principal y narradora, Inés Sánchez nos muestra los aspectos prácticos de las empresas bélicas, el verdadero costo de las campañas de conquista, el apoyo logístico que de ser deficiente significaba morir de sed o de hambre en el camino, y más importante todavía, el papel central que jugaba cada quien, en particular la masa sin forma ni voz de indios y esclavos en los que recaía la carga más pesada y sin los que hubiese sido posible lograr los objetivos. El relato de Inés descubre que el valor y la astucia militar son sólo parte de la historia. Provista de sentido práctico, experiencia de enfermería básica, inteligencia e intuición, además de las cualidades de una mujer de pueblo que sabe lo mismo de agricultura que de animales y cocina, su contribución a la misión fue trascendental. Por si fuera poco, se sabe que su habilidad para encontrar agua, la cual aprendió de su madre en las tierras áridas de Extremadura, donde era frecuente ver secarse un pozo, salvó a la caravana de una muerte segura en el desierto. No es de extrañar el interés de la autora por traer a la vida en las páginas de esta novela a la mujer que merece ser reconocida como cofundadora de la nación chilena.

En su papel de primera “gobernadora” en la historia de Santiago, Inés Sánchez fue idónea para las tareas de prever, administrar y distribuir los recursos; de familiarizarse con las curaciones y hierbas medicinales de la región y proveerse de medicamentos; de organizar ayuda, atender a los heridos, zurcir la escasa ropa con que contaban y más tarde cultivar semillas, cuidar y parear a los animales y formar comedores con ayuda de su leal amiga y sirvienta, y de las mujeres indias que a menudo se olvida mencionar en los relatos de tema heroico, mientras hombres y yanaconas se dedicaban a fortificar la ciudad y la defendían contra los constantes ataques de sus enemigos. El valor de Inés Sánchez también fue legendario habiendo empuñado la espada más de una vez y arremeter ella misma contra los caciques capturados para hacer huir al ejército de miles de indios mapuche, cuando arrojaba sobre ellos las cabezas recién degolladas de los prisioneros.

En este relato sobre las raíces de la nación chilena Isabel Allende muestra que los relativamente escasos hombres y mujeres que siguieron a Valdivia al lugar más incomunicado del Imperio, no carecieron de valor. No sólo encararon las vicisitudes y la crudeza de un viaje de cinco meses por el desierto, sino también, a base de trabajo duro, ingenio y voluntad se volvieron a levantar tras la quema total de Santiago que los dejó con lo que llevaban puesto, un par de gallinas y algunas semillas apenas, por lo que el hambre se convirtió en su segundo gran enemigo. La espera de refuerzos y provisiones tardaría dos años.

También fascinante es el protagonismo de las tribus mapuche, enemigos formidables de la fuerza militar española; pueblo mítico y a la vez real que nunca fue conquistado, porque un mapuche no teme a la muerte ni al dolor, y como es claro a lo largo de la novela, no puede ser comprado porque no le interesan las riquezas. Isabel Allende dignifica el papel de los mapuche subrayando su resistencia y su valor: “¿El temor? No lo conocen. Aprecian primero la valentía y segundo la reciprocidad… No tienen calabozos alguaciles ni otras leyes más que las naturales.” Para un mapuche “el peor castigo es el exilio”. Para los mapuche la llegada de los europeos también dio inicio a un proceso de cambio que en un principio les obligó a adoptar nuevas formas de pelear y defenderse contra la superioridad de las armas españolas. Las batallas que protagonizó Valdivia y su muerte son algunos de los episodios que retratan mejor el lado aterrador de la época de las conquistas, el odio sembrado y el deseo de venganza entre los nativos, que en el caso de los mapuche aumentó su peligrosidad. Adoptaron la tortura, que era una práctica común entre los invasores, e irónicamente pudieron usarla contra el mismo Valdivia, haciéndole pagar los actos de crueldad excesiva que tanto él como otros habían ejecutado contra hombres, mujeres y niños indígenas. La audacia del pueblo mapuche se hace evidente en Lautaro, el espía que puso al servicio de los suyos el conocimiento adquirido durante muchos años para urdir la victoria sobre el enemigo.

A partir de su llegada al cerro de Huelén, al que Valdivia bautizó como Santa Lucía en 1541, a trece meses de su salida de Cuzco, la narración de Inés Sánchez (1507 – 1580) se extiende por otros cuarenta años, periodo en el que los mapuche nunca se dieron por vencidos defendiéndose contra la invasión de sus tierras. La novela expone las raíces que han marcado el destino de este pueblo a través de los siglos, y su admirable resistencia en la preservación de su modo de vida. Inés del alma mía, ha dicho Isabel Allende, es el producto de cuatro años de investigación. La vida de Inés Sánchez y los hechos relacionados con ella son tan inverosímiles, que la afamada escritora chilena incluyó la bibliografía que informó e inspiró su historia. Pero a pesar de que comenta que se limitó “a narrar los hechos tal como fueron documentados” y simplemente a “hilarlos con un ejercicio mínimo de la imaginación”, su talento literario logra darles sentido desempolvando a los protagonistas de las antiguas páginas de los cronistas, examinando sus anhelos y sus motivaciones, y recreando el entramado que los reúne y humaniza para desvanecer los mitos que durante más de cuatro siglos han acompañado a la fascinante epopeya que fue la fundación de Chile.

Vejez

Anciano piel de serranía,
no te duelas del ayer lejano,
porque eres espejo de la Tierra
y así anciano eres grandeza.

No te duelas de la triste aridez de tu semblante,
ese paisaje que el necio teme y el asceta envidia.
En él, como en un códice se escribió la Vida
en un lenguaje que busca ser oído por el alma;

porque tu faz de sabio luminosa
habla del desafío que es vivir,
de angustias y temores que dejaron surcos,
y de alegrías y risas que grabaron cicatrices.

No te duelas de la geografía hosca de tus manos,
áridas como la arcilla de caminos pisoteados.
Tus venas abultadas hablan del peso del anhelo;
más azules hoy que tus amaneceres muertos,
menos tímidas hoy que tus sueños sepultados.

No te duelas anciano de tu caminar cadente y lento
estoico y digno; de tu resignado y castigado cuerpo,
cansado de buscar sustento en tierra de hambre
y en fríos largos como ríos de hielo.

¿Acaso lloras viejo por otro mundo,
por tu juventud volcada hacia quiméricos futuros,
todavía futuros, todavía quimeras?
No te duelas más anciano
porque hoy no te defines por tus sueños,
eres tú mismo tu conquista.

Tantas veces tus manos han tocado el hoy
y tantas tus ojos han medido firmamentos.
Como un dios mitológico tus días ya no son esclavos de tus horas;
y como la montaña sólo agachas tus ojos a la noche,
y saludas como a un cercano amigo al día.

Tu pasado anciano es tu fuerza
porque en él quedó atrapado el miedo,
y hoy guardas, como el quieto volcán, el secreto de tu esencia.
Y porque tu piel sabe descifrar el lenguaje del viento,
y escuchar el mudo anuncio de la lluvia,
eres hermano de los campos y los bosques,
y de las rocas que miran impasibles a los huracanados mares.

Así anciano eres la forma de una promesa,
la semilla del eterno retorno,
del fruto dulce de la cosecha cíclica;
un poema prodigioso de la Creación
esculpido con la caligrafía del Tiempo.

Ocoxal

Personaje vestido de viejo en el Carnaval purépecha en la víspera de la cuaresma, en Michoacán, México

Personaje vestido de viejo en el Carnaval purépecha
en la víspera de la cuaresma, en Michoacán, México

La nariz del diablo, una novela ecuatoriana

…la montaña tomó venganza por haber sido herido su
panal de dulzura. Han herido su reposo y su corazón
viviente. Han matado la alegría de las aves, de
la selva, de la majestad de los Andes.

Sala de Carondelet, Palacio de Gobierno del Ecuador

Sala del Carondelet, Palacio de Gobierno del Ecuador donde se rememora
la construcción del ferrocarril transandino en el país (1872-1908)

En países plurinacionales como Ecuador, la literatura puede ser un valioso instrumento de comprensión y rescate cultural de las etnias nacionales que compensa la omisión histórica, especialmente en el caso de los afro descendientes, cuya comunidad ha sufrido el más alto grado de marginación en el continente desde su exportación forzada. Se debe encontrar y escuchar sus voces que no son aún suficientemente audibles fuera de un contexto regional.

Al hablar de la población africana en América Latina, la carencia de fuentes de voz propia hace más lento el proceso de legitimar su presencia dentro de las naciones a las que ha contribuido a formar cultural y económicamente. En cuanto al papel de la historiografía, es claro que el interés por rescatar la herencia negra ha estado muy por debajo del interés por mantener viva la raíz europea dentro del continente, y por ello la cultura popular, la canción, el baile, la música y la poesía oral y escrita han sido invaluables para el acercamiento hacia esa otra raíz y su riqueza.

Un caso extraordinario es la escritora esmeraldeña Luz Argentina Chiriboga, quien a través de su poesía y su obra novelística ha llamado la atención sobre la creatividad y fuerza de la cultura afro ecuatoriana de la que es parte. A ella debemos una mirada humana a las luchas anticolonialistas que toma en cuenta la participación real del esclavo y de la mujer, en particular, de dos mujeres que pelearon con valor singular por la Independencia, no sólo del Ecuador sino de la región entera: Jonatás y Manuela, su novela sobre el papel relevante de una esclava que se convierte en la amiga y aliada de Manuela Sáenz, la mujer más importante en la vida de Simón Bolívar.

Nuevamente, en su novela La nariz del diablo, la escritora abre una mirada de acercamiento humano a la contribución de ese segmento de la población que permaneció invisible por gran parte de la historia. El trasfondo es el reclutamiento de hombres afro antillanos para un proyecto que transformará para siempre al país. Ambas perspectivas, literaria e historiográfica, se complementan para acercarse a un momento trascendental en la historia del Ecuador: el de la construcción de “la línea ferroviaria más difícil del mundo,” un proyecto desafiante que marca la presidencia del líder liberal Eloy Alfaro, y el triunfo de una agenda de progreso que requiere el sacrificio de los miles de trabajadores ferroviarios, en gran número negros, que unen a ese sueño los suyos propios.

La presidencia de Alfaro es un momento clave por representar el triunfo de una agenda que pretendía la consolidación de la nación. El ferrocarril no sólo se extiende para incluir a otras regiones a la economía de mercados, sino que permite ofrecer iguales oportunidades para diversos grupos sociales dentro de la misma uniendo las regiones centrales a la costa en la línea Quito Guayaquil. Sin embargo, el marco en que se realiza la contratación de estos obreros les deja al margen de cualquier beneficio o buena intención que pueda tener el líder. La novela pone en primer plano el costo humano que trae consigo el desarrollo que ha ignorado la marginación y desplazamiento resultantes del intento por crear las estructuras económicas modernas.

Como en otros países del continente cuya geografía ha obstaculizado la integración social, el ferrocarril prometía una comunicación más eficiente y una asimilación étnica dentro del crecimiento económico. La novela hace referencia directa al fenómeno de la inmigración dentro de la diáspora africana que caracterizó los proyectos incipientes del periodo independiente llevado a cabo por compañías extranjeras. El reclutamiento de trabajadores jamaiquinos al Ecuador para realizar tan difícil obra, señala un fenómeno que atrajo a miles de peones negros con miras a encontrar mejores condiciones de vida. La construcción del canal de Panamá es el ejemplo más notable pero de ninguna manera el único.

En este recuento apegado a la historia Luz Argentina Chiriboga narra los aspectos humanos, las esperanzas y vivencias, los temores y sentimientos de esa fuerza laboral ausente del registro de los logros humanos. Personaliza la participación de estos seres hasta hoy fantasmas en el devenir de las naciones americanas que consistentemente han vivido ajenas a su existencia. La novela obliga a la reflexión sobre el papel de la diáspora africana en la construcción física de la nación y en los patrones de explotación que se han reiterado históricamente, es decir la fórmula de triangulación entre Europa, África y América que construyó los imperios mercantilistas en los albores de la modernidad – la industria azucarera, del algodón, y de la minería en la creación de los imperios coloniales — y que volvió a producir el deseado fruto en la dinámica de contratación de afro descendientes de las Antillas y el Caribe a puntos de la América Continental en proyectos de enriquecimiento llevados a cabo por contratistas transnacionales y financiamiento del “Primer Mundo”, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, etc. Como resultado, se perpetuó la explotación de comunidades africanas que al ser desplazadas fuera de sus comunidades quedan a expensas de compañías que no ofrecen protección laboral y hacen imposible el retorno, como también la oportunidad de asimilarse en la nueva cultura. El caso de esta comunidad de jamaiquinos que son llevados al Ecuador es un ejemplo del tipo de desplazamiento migratorio que ha caracterizado a parte de esa diáspora inducida al nomadismo, y que ha contribuido a perpetuar su ausencia en la historiografía de cada nación.

La vida cruda de trabajo excesivo y continuo de estos hombres, y de una que otra mujer que disfrazada se aventura a trabajar a la par que ellos, conlleva a diluir la cultura del inmigrante y acentúa su estado de marginado dentro de la población donde vive y labora. Pero por otro lado la construcción del ferrocarril es un proyecto común cuyo logro une a este grupo de trabajadores bajo experiencias dolorosas que les acercan entre sí porque sólo ellos las conocen bien: la separación de la familia, los peligros del mar, la enfermedad, la añoranza del regreso, la pérdida de compañeros y familiares en trabajos de alto riesgo, el frío, el dolor físico, el hambre, la mutilación que sufren muchos en las explosiones de dinamita, y la muerte misma. Experiencias profundas que repatrían al grupo en su propia solidaridad, es decir, le dotan de una identidad basada en la experiencia común, en la convivencia y en la ilusión de salir adelante y hacer real la promesa de una mejor vida. Asombra la fuerza de estos hombres y mujeres cuya identidad de grupo funciona como recurso de sobrevivencia contra el proceso de “desculturización” y de des- humanización de que son víctimas.

La simbología que ofrece el título “la nariz del diablo”, un tramo de la geografía que asemeja una pared vertical, sugiere la lucha infrahumana de la cual es parte el negro dentro de la búsqueda del “progreso”; un reto para gigantes que consiste en cortar la montaña para conseguir la movilidad y rapidez que representa el ferrocarril frente a la temible peligrosidad de un paisaje andino imponente y poderoso ante el cual el hombre blanco no está dispuesto a agacharse. La autora da nombre y vida a algunos de los hombres invisibles para la historia cuyo destino corre paralelo al desarrollo de las vías de hierro que van colocándose a base de detonaciones, y de romper con los brazos y los picos la montaña a alturas inconcebibles. Los accidentes durante el avance del proyecto van mermando a los obreros poco a poco y muchos quedan sepultados en el trayecto. Irónicamente, sus vidas hacen posible el éxito del plan que asegurará el crecimiento económico de regiones ansiosas de recibir la modernidad, pero ajenas a los fantasmas de la historia en cuyos hombros se ha construido el desarrollo de las Américas a lo largo de siglos. Sin embargo, los que sobreviven aprenderán a amar a su nueva tierra.

La herencia afrohispana ha sido históricamente tratada con indiferencia, ignorada en la mayor parte del continente y su contribución no ha sido reconocida. Asimismo, los desplazamientos de afro hispanos lejos de sus comunidades es un fenómeno que por mucho tiempo les impidió cuidar su herencia cultural destinando a muchas de estas comunidades a la marginación. La novela La nariz del diablo invita a reflexionar sobre la contribución y sacrificios de la población afro hispana a la formación de las naciones americanas abriendo una obvia pregunta, ¿quién escribe la historia?

La nariz del diablo - Luz Argentina Chiriboga
La autora

Como pocas escritoras latinoamericanas Luz Argentina Chiriboga ha publicado obras de valor en la mayoría de los géneros literarios. Su participación en varias antologías de ensayo y poesía se inició desde su juventud y su actividad literaria ha sido constante a lo largo de por lo menos tres décadas. En 1986 ganó el premio General José de San Martín, de Buenos Aires al que seguirían innumerables reconocimientos. Su carrera como novelista comienza con Bajo la piel de los tambores en 1991, que se reeditó en 1999 como Tambores bajo mi piel. A ésta siguieron Jonatás y Manuela en 1992, y En la noche del viernes en 1997. Los premios literarios obtenidos son muchos y diversos, convirtiéndose en una de las escritoras ecuatorianas más conocidas fuera de su país. Desde la sombra del silencio y La nariz del diablo, ambas publicadas en 2010, son dos de sus novelas más recientes. A éstas se puede añadir Cuéntanos Abuela, una novela para niños que apareció en 2002 y que como muchas de sus obras ha sido traducida a otros idiomas.

Sus libros de poesía son varios e incluyen La contraportada del deseo (1992), Luis Vargas Torres y los niños (2001), que precisamente contiene poemas dedicados a la niñez, además de Capitanas de la historia (2003) y Con su misma voz (2005). Otras obras que la poeta ha dedicado a las décimas, parte de su tradición esmeraldeña de donde provienen grandes talentos, son Palenque (1999) y su recopilación de Coplas afro-esmeraldeñas (2001).

Luz Argentina Chiriboga, quien siguió la carrera de Biología en la Universidad Central del Ecuador escribió en verso Manual de Ecología (1992) también dedicado a los niños y una colección de cuentos publicados bajo el nombre Este mundo no es de las feas en 2006. Sus ensayos, conferencias y recitales son incontables y la han llevado a Europa, África, Norteamérica y el Caribe. Sin duda la obra de Luz Argentina Chiriboga está en camino a trascender las oleadas ruidosas de la corriente central.

 

Ciudad

Fondos Congelados (1931), de Diego Rivera, en Museo Dolores Olmedo

Fondos congelados (1931), de Diego Rivera, en Museo Dolores Olmedo

Creí una vez ver en tu resplandor una promesa,
me engañó tu artificiosidad externa,
la elegante estética de tu fachada,
tu mágica envoltura de futuridad astral.
Pero la máscara ha caído,
aunque tus mentiras no se cansen de ensuciar el cielo.

Eres, como tus muros de cristal, espejismo de ilusiones frágiles.
Tus formas se disuelven en el infinito dominó de espejos
de aglomeraciones de ojos, que siempre apresurados,
pierden el alma corriendo de la mano de sus sacrificios huecos.
Son moles de lava humana,
maleza de horizontes fracturados;
en vano sueñan en latas y vagones disfrazados de progreso,
cuando escapan de hogares-jaula de plástico y cartón.

Nos has engañado con tus mediáticas promesas de éxito,
nos has vendido tu credo de modernidad e inclusión,
y pretendes que adoremos a los ídolos de tus escaparates,
sacralizados por luminosas etiquetas que recuerdan al pobre su pobreza.

Ciudad tus días pesan sin aire, tus noches no conocen las estrellas,
pero eres el último refugio de invisibles nomadismos de indigencia,
de siglos de desplazados, apenas una nota al pie de página
en las biblias de economía de lobos disfrazados de predicadores,
y buitres insaciables vestidos de banqueros.

Eres, Ciudad, tumba de abortadas esperanzas;
eres un museo al cambio, un babélico monumento al olvido,
un documento exquisitamente bello de páginas
escritas con la tinta barata de la marginación y la miseria.

Eres la desmemoria de la desesperación y la pobreza
de muchedumbres de brazos y espaldas
aplastados por las olas avasallantes
de la juventud y el hambre.
Eres mapa de caminos sin destino,
mausoleo de esfuerzos pisoteados.
Vicio y crueldad se anuncian en tus paredes
en el grafiti amargo de la frustración y la ignorancia.

Ciudad, tu vanidad es la de Ícaro, una advertencia a la fatalidad.
Eres el ojo ciclónico del delirio de la modernidad,
el espejo de una loca utopía
de dioses que olvidan que son hombres,
y hombres que olvidan que son polvo
y navegan sobre la alucinación de su soberbia
comerciando simulacros de felicidad.
Encuentro en tu frialdad la calidad dantesca
de un mundo infrahumano de muertos vivos,
que mecánicos habitan sus infiernos.

Ocoxal

Fondos Congelados (1931), de Diego Rivera, en Museo Dolores Olmedo

Fondos congelados (1931), de Diego Rivera, en Museo Dolores Olmedo