Entre la sinrazón quijotesca y el sueño de Segismundo

El hombre más poderoso es el que es dueño de sí mismo

-Séneca

Gustave Dore, Don Quijote

En 2015 se cumplen cuatrocientos años de que se publicara el segundo volumen de la gran novela cervantina que dio vida a Don Quijote de la Mancha. El héroe es todavía hoy el símbolo hispano más reconocido y de mayor influencia universalmente, aunque no el único. La era de Cervantes en una de sus más refinadas creaciones barrocas concibió también a Segismundo, otro gran símbolo existencial, con el cual Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) explora la fuerza de la voluntad humana y la capacidad del hombre de elegir su propio destino.

Don Quijote representa el despertar del hombre a la noción que conocemos como Modernidad, ese paradigma que explica al mundo no ya como un ente estático, limitado y predeterminado por un supuesto orden natural, sino como un espacio temporal, contradictorio, multifacético y modificable a partir de la perspectiva individual. Es la historia de un hidalgo empobrecido que enloquece porque dedica sus días y sus noches a la lectura de novelas de caballería, hasta que él mismo toma las armas y sale a “enderezar entuertos”, como lo cree cuando intenta revivir el mundo idealizado de la caballería. Cervantes no sólo introdujo con su personaje la noción de la irracionalidad en la nueva visión de la vida, sino la colocó en el centro de ese mundo que otorga al hombre la libertad de crearse a sí mismo, independientemente de que pueda o no modificar su medio.

A diferencia de los héroes y dioses de la mitología grecolatina, que ayudados por el Olimpo enfrentan enemigos naturales y sobrenaturales, el héroe moderno, legado de Cervantes a la filosofía liberal, es un marginado sin otro poder que su voluntad. Y así, cargado sólo con su interpretación de la masa de conocimiento acumulada por incontables noches de lectura y meditación, es incapaz de distinguir la verdad de la ficción, la ciencia de la magia y la historia del mito. Su salvación consiste en regir su comportamiento a partir de un código de virtud auto-impuesto, y a prueba de esa gran enemiga que define al mundo moderno, la contradicción.

Gustave Dore, Don Quijote y los molinos de viento
Como en un juego de espejos, Don Quijote es imagen y es esencia, la ficción caballeresca y la voluntad pura en pos de la virtud; pero Don Quijote es por sobre todo, sus actos. La imagen, como en un espejo refleja la sinrazón de su mundo, pero enfrentarla le da sentido a la experiencia existencial, en choque con las contradicciones que han de embestir al hombre en su camino. La noción de orden promovida por el pensamiento católico ortodoxo de la Edad Media europea queda destruida para siempre en una comedia de errores que delata la hipocresía de las fuerzas dominantes, en este caso la falsedad de los bachilleres y duques, cuya frivolidad va de la mano de la ignorancia.

El triunfo está en la búsqueda de la virtud

La novela se convierte en una guía existencial que contrasta el idealismo estoico quijotesco con el mundo real de lo cotidiano, aquel que embrutece al hombre en la monotonía y la pasividad. Como base cultural de valores hispanos, Don Quijote rescata la vena noble del hombre, le dignifica a través de la fe en sí mismo y en sus metas. Esa es la enseñanza a Sancho, su fiel escudero y discípulo, un hombre común, un campesino burdo que también se atreve a soñar hasta convertirse en gobernador de una ínsula. Y no importa aquí que todo sea una broma de los duques, Sancho actúa con la mayor virtud, como Don Quijote le ha instruido: “la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale” ha dicho su maestro. Como mentor, el sabio caballero andante se da a la tarea de prepararlo bien pues, “los oficios y grandes cargos no son otra cosa que un golfo profundo de confusiones”, por lo que el mensaje es que para tener éxito, es necesario ante todo buscar la superación moral:

Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerle esta la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. (II, XLII)   

La humildad, la prudencia y la misericordia son las armas que Don Quijote le recuerda llevar a Sancho al gobierno de la ínsula:

Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlos en la verdad del caso. No te ciegue la pasión propia en la causa ajena… Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera de espacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros. . . Al culpado que cayere debajo de tu juridición considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstrate piadoso y clemente; porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia, que el de la justicia.   (II, XLII)

Cervantes no deja duda de la cordura de su héroe en este episodio, ya que se toma la precaución de aclarar que, mientras no se tratara de caballería, “en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento”; pero Sancho, siempre con los pies en la tierra, tiene dudas:

— Señor  -replicó Sancho–, si a vuestra merced le parece que no soy de pro para este gobierno, desde aquí le suelto…vera que sólo vuestra merced me ha puesto en esto de gobernar: que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre; y si se imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir Sancho al cielo  que gobernador al infierno.

— Por Dios, Sancho –dijo Don Quijote–, que por sólo estas últimas razones que has dicho juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas… (II, XLIII)    

La meta más alta del hombre es la conquista de sí mismo

Segismundo es el otro gran ícono del estoicismo hispano. En su obra maestra La vida es sueño, Calderón explora como Cervantes, la capacidad humana de trascender la propia condición, y lo hace con un planteamiento original que aísla al héroe de su mundo. Segismundo es realmente un príncipe, y aunque no pierde la razón, no puede distinguir al sueño de la realidad. En esto enfrenta también como Don Quijote la contradicción, y el reto para Segismundo es superar la oscuridad de su condición, ignorar la ambigüedad de su circunstancia y actuar con virtud.

Goya, Desastres de la Guerra

Goya, Desastres de la Guerra

Al nacer su hijo, alarmado por presagios de que sería un tirano, Basilio, el rey de Polonia hizo encerrar a Segismundo en una prisión secreta. El único ser humano con quien tiene contacto es el ministro de su padre, Clotaldo, su carcelero y tutor. Al paso del tiempo el rey, ya viejo, debe decidir quién será su sucesor, y antes de entregar el reino a su sobrino Astolfo, ordena traer dormido a Segismundo al palacio, haciéndole creer que está soñando y así poder observarlo. Segismundo se comporta con soberbia, y no puede controlar la ira y el resentimiento contra un padre del que nunca recibió amor; la violencia con la que trata a uno de los criados confirma en ojos de Basilio la veracidad de las predicciones, por lo que éste regresa a su hijo al calabozo, otra vez dormido por narcóticos. Más tarde, soldados y súbditos que no quieren a Astolfo lo reclaman como rey y lo liberan, pero dudoso de que sea otro sueño, Segismundo se resiste:

Que no quiero majestades
fingidas, pompas no quiero
fantásticas, ilusiones
que al soplo menos ligero
del aura han de deshacerse
(III, 2309-13)

Sin embargo, pronto comprende que es imposible saber si sueña o no y que aun las experiencias reales parecen sueños en el recuerdo. Ante la incertidumbre Segismundo decide que conviene actuar siempre bien, y así sale a pelear por su reino contra el ejército de su padre:

Pues que la vida es tan corta,
soñemos, alma, soñemos
otra vez; pero ha de ser
con atención y consejo
de que hemos de dispertar
(III, 2357-61)

Libre de las cadenas Segismundo es tentado una vez más a usar su majestad y poder cuando Rosaura, de quien se ha enamorado y a quien estuvo a punto de forzar para él en el palacio, se ve desamparada y viene a pedir su ayuda para vengar su honra. En esta ocasión él le da la espalda sin responder:

No te hablo, porque quiero
que te hablen por mi mis obras,
ni te miro, porque es fuerza,
en pena tan rigurosa,
que no mire tu hermosura
quien ha de mirar tu honra.
(III, 3006-11)

Segismundo vence sobre sus propios instintos, también vence en el campo de batalla, pero su nobleza y virtud, y con ellas su derecho a reinar, quedan demostradas cuando perdona y se postra él mismo ante su padre y manda a prisión al soldado que traicionó al rey y del que consiguiera su libertad. Calderón deja claro que el verdadero triunfo de Segismundo es la conquista de sí mismo, en este caso, el sacrificar lo que se quiere cuando es más importante actuar bien; esto se muestra cuando sacrifica su amor por Rosaura y la cede a Astolfo:

Pues que ya vencer aguarda
mi valor grandes victorias,
hoy ha de ser la más alta
vencerme a mí. –Astolfo dé
la mano luego a Rosaura,
pues sabe que de su honor
es deuda, y yo he de cobrarla.
(III, 3251-57)

Vigencia del simbolismo

No es difícil ver como un símbolo barroco en su concepción, se convierte en el héroe más romántico de los héroes. El carácter marginal de Don Quijote, su lucha contracorriente, su anhelo de justicia en las causas de los necesitados, reviven su simbolismo en el periodo independentista de la era napoleónica. Simón Bolívar reestableció el linaje quijotesco adoptándolo a su sueño de insurgencia liberal, y comparando su lucha contra la sinrazón como “arar en el mar”.  Y sí Don Quijote es barroco y romántico, también es moderno y posmoderno, porque mientras el mundo envejece y se vuelve a inventar, el simbolismo del héroe cervantino persiste iluminando el mejor camino a seguir y revelando que la vida no es sino el anhelo mismo de ser.

Cuando termina el sueño, la aventura quijotesca, y el caballero regresa a la realidad de su mundo, muere el héroe; tan bien lo comprende Sancho que para tratar de impedirlo pide a su amo salir otra vez ahora como pastores. Igualmente, Calderón enseña a enfrentar la incertidumbre, a poner la voluntad en la conquista de uno mismo y soñar. Ambos, Don Quijote y Segismundo trascienden su tiempo, porque lejos de ofrecer un lente para mirar al mundo, descubren el camino para vivir en él. El mensaje no es sólo para locos idealistas, sino para el hombre común que reconoce la sinrazón de la vida, su naturaleza contradictoria, su esencia ambigua, como lo entiende Segismundo:

     Yo sueño que estoy aquí,
destas prisiones cargado;
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños sueños son.
(II, 2178-87)

El gran regalo de Cervantes a la cultura universal, el símbolo de Don Quijote, es siempre contemporáneo; nos recuerda que el sentido de la vida está en la búsqueda de la virtud y en la voluntad de acción que transforma al ser humano en héroe, la mujer no queda fuera del mensaje. La filosofía del héroe cervantino, que hace eco en La vida es sueño, reitera la fidelidad a valores universales que garantiza al ser humano su salvación y trascendencia, porque, como lo expresó Séneca, la fuerza del hombre descansa en el dominio de sí mismo; y porque para el héroe cervantino, y es lo que apuntó bien Unamuno, lo que está en juego es la inmortalidad, y la inmortalidad no es sólo un lugar donde reposa el alma sino la vida en la memoria de otros.