Gonzalo Guerrero

Gonzalo Guerrero libro - Eugenio Aguirre En su novela publicada por Editorial Planeta en 2012 para conmemorar el 500 aniversario del mestizaje en América, el escritor Eugenio Aguirre recrea la extraordinaria historia del español vuelto maya. Gonzalo Guerrero, nacido en Palos de la Frontera, Huelva en 1470, y veterano del último capítulo de la Reconquista gracias a su participación en la Toma de Granada, protagoniza una de las aventuras transformativas más insólitas de la historia del encuentro entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

La novela parte con el presagio de un viejo gitano que terminará cumpliéndose cuando Guerrero acepta servir bajo el mando de Juan de Valdivia, quien debe conducir asuntos personales y trasladar pasajeros y cargamento entre Darién, actualmente parte de Panamá, y Santo Domingo. Los personajes y acontecimientos que se describen sobre los primeros días del viaje introducen la complejidad de la empresa de la Conquista, las rivalidades, la ambición, la diversidad de personajes que participaron en ella, y la explotación y tráfico de productos y de hombres y mujeres: los esclavos que viajan en la nave encadenados unos a otros al lado de las bestias. Es Gonzalo Guerrero, no el sacerdote Gerónimo de Aguilar, quien aboga por ellos y se gana los golpes de Valdivia y otros, cuando expresa su intención de desatarlos para evitar su muerte durante la tormenta que terminará hundiendo el barco.

El autor mexicano Eugenio Aguirre (1944) nos acerca a un Guerrero humano, en constante reflexión sobre el significado de los hechos que se suceden y del comportamiento de sus compañeros de adversidad; un hombre que medita sobre las experiencias existenciales que le llevarán a cambiar su visión del mundo y de la vida hasta asimilarse a una nueva cultura. En el pasaje fatal del naufragio en el que se destaca la cobardía de Valdivia, se salvan dieciséis hombres y dos mujeres, pero irán muriendo poco a poco. Aguirre logra una descripción realista de la angustia y desesperación alucinantes que una semana bajo el sol candente, sin agua ni alimento, significan para quienes no saben a qué punto del océano han sido arrojados por el destino. Y aún estas páginas resultan menos crudas comparadas con el ataque de los cocomes, a dos días apenas de haber arribado a tierra en las costas de la Península de Yucatán. Valdivia y otros son descuartizados y devorados en un ritual carnicero, increíble si se quisiese hacer pasar como producto de la ficción.

Los que sobreviven logran escapar gracias al plan de Guerrero pero caen como esclavos del señor Taxmar del pueblo de Xamanhá. El trabajo excesivo impuesto a los sobrevivientes por los nuevos amos deja vivos sólo a Guerrero y al padre Aguilar. La vida de esta civilización desconocida empieza a revelarse rica y llena de rituales y color en la descripción de la organización y vida diaria de los xiúes. La prosa de Aguirre adopta tonos poéticos al describir la flora y fauna del mundo maya que si bien centra su existencia en el sacrificio a sus dioses, ama la vida y conoce y toma lo mejor de los seres y paisaje que les rodea.

Guerrero se gana la admiración y confianza de Taxmar y sus nobles capitanes cuando les ayuda a ganar la guerra contra los cocomes. Es tal el aprecio que cobra como servidor inteligente y fiel a Taxmar que éste lo cede a su gran aliado Na Chan Can, quien al paso del tiempo verá en él al más valioso de sus hombres y lo convertirá en su yerno. Guerrero acepta de este gobernante amado por su pueblo la nueva posición de responsabilidad y los privilegios que ha conquistado a base de lealtad, y lejos de sentirse comprometido se entrega a su cargo con valor y obediencia y con el gran amor que despiertan en él su legítima esposa Ix Chel Can y sus hijos. Por eso no le es difícil rechazar la invitación de reunirse con Cortés que el padre Aguilar le había comunicado personalmente.

En su novela, Aguirre ofrece una ventana a lo que con seguridad enfrentó Guerrero en su proceso de asimilación a la cultura del Mayab: su necesidad práctica ante su conciencia y dudas religiosas, nacida de su participación en ritos y creencias extraños y profundamente ajenos a su formación cristiana. Es claro que no tuvo que ser fácil aceptar el sacrificio y las inmolaciones, como las de su propia hija, como las de otros inocentes que el pueblo demandaba para detener la peste y más tarde la plaga de langosta que cubría los campos y sembraba el hambre. Y por si fuera poco, se plantea además la ironía de su circunstancia, el reconocerse en los hombres de los navíos que se acercaban con persistente frecuencia a las costas de su tierra adoptiva, con temor a la inminente amenaza de la superioridad de armas y bestias a las poblaciones que Guerrero conocía ya bien, y juzgaba prontas a ser víctimas de la ambición de oro y riqueza de soldados como los que en otro tiempo fueron sus hermanos. A Guerrero llegaron las noticias de lo que sucedía en el altiplano, y de las guerras que Cortés “había desatado, enfrentando a unas tribus con otras en su propio beneficio.” Guerrero sabía bien que esperar:

Desde que llegaron los primeros españoles a Champotón, hacía mas de cuatro años, había entendido la amenaza que pesaba sobre mi gente y sobre todos los comarcanos. No cejarían en su empeño por conquistarlos y arrebatarles sus tierras, su hacienda y su libertad. Lo mismo había pasado en todas partes, sin que existiese poder alguno que les detuviese en el avasallamiento de los naturales. Tanto señores como plebeyos y esclavos pasarían a ser siervos del blanco, de la fusta y del tormento, y sobre todo, del engaño … Debería, por lo tanto, prevenir y enseñar a los guerreros de Ichpaatún a pelear en su contra. Debería inculcarles que se trataba de vándalos que venían a sojuzgarlos, a robarles lo que el derecho natural les había otorgado, a violentar a sus mujeres e hijas, a destruir a sus ídolos y dioses tutelares y a trastocarles su religión y sus conocimientos de los astros y del tiempo por un catecismo castrante, siempre beneficioso para el amo venido de allende del mar. (252)

La novela es un recuento realista y bien documentado de la odisea de este héroe olvidado por el tiempo. El lenguaje y la ambientación evidencian un gran conocimiento de la región y su historia, así como de la cultura maya, lo que hace a esta obra sumamente recomendable para quien desee acercarse al tema con un interés más allá del gusto por la aventura. Su autor Eugenio Aguirre, quien ha recreado en novelas anteriores la vida de personajes como Isabel Moctezuma, Hidalgo y otros, recibió por su magnífica obra sobre Gonzalo Guerrero, la Gran Medalla de Plata de la Academia Internacional de Lutèce 1981.

De náufrago a defensor del pueblo maya

Alguna gente se muere
para volver a nacer,
el que tenga alguna duda
que se lo pregunte al Che.
Nada más, nada más.

– Atahualpa Yumpanqui

 

Así como algunos caen de su pedestal marcando los cambios sociales del momento, otros suben a la gloria empujados por fuerzas que obedecen al vaivén de la historia. La figura de Gonzalo Guerrero es uno de esos símbolos fundacionales que se tejen en el imaginario popular de las naciones. Su nombre está unido particularmente a la historia de los pueblos mayas de Yucatán, Chiapas y Quintana Roo, pero en la revisión histórica a este soldado español no sólo le corresponde hoy el lugar de legítimo padre del mestizaje de la nación mexicana moderna, lugar que antes se le dio simbólicamente a Hernán Cortés, sino también el de primer europeo en América que luchó contra la ocupación española.

Estatua de Gonzalo Guerrero en Akumal, Quintana Roo

Estatua de Guerrero en Akumal, Quintana Roo

El caso de Gonzalo Guerrero es el de un hombre conquistado por una cultura. El hecho que marcó para siempre su vida sucedió en 1511 cuando los sobrevivientes de un desafortunado naufragio arribaron a las costas mayas de Yucatán. Se sabe que los indígenas del área los capturaron y mataron a algunos de ellos. Años después, en 1519, el mismo capitán Hernán Cortés paró en la isla de Cozumel frente a las costas de Yucatán, y allí los habitantes le informaron acerca de los hombres que habían sobrevivido el naufragio y que vivían como cautivos de los indígenas. En una de sus Cartas de relación al rey, el mismo Cortés explica cómo organizó una misión de rescate que consistía en enviar a varios indígenas con una carta para los prisioneros. Al término de cuatro días, cuando al no recibir noticia del rescate el capitán ya partía de Cozumel hacia las costas del Golfo, uno de los náufragos, Gerónimo de Aguilar, se reunió con el grupo. Este feliz reencuentro sucedió ocho años después del naufragio donde Aguilar y Guerrero casi habían perdido la vida. Aguilar se convirtió en un valioso traductor para Cortés gracias a su conocimiento de los grupos indígenas de quienes había aprendido la lengua; con el afamado capitán partiría hacia la conquista del Tenochtitlán.

Cortés no vuelve a mencionar a estos cautivos en sus cartas al rey, ni tampoco explica qué fue del segundo hombre. Pero la repatriación de Aguilar al grupo hace todavía más singular el caso de Guerrero. Posteriormente, en la Historia verdadera de las cosas de Nueva España, Bartolomé de las Casas retoma el caso de los cautivos revelando el testimonio de Guerrero. De acuerdo a este testimonio, después de su captura, Guerrero acogió la nueva cultura y se integró plenamente al pueblo de Chetumal. No sólo llegó a conocer profundamente a la gente y a sus tierras sino que también adoptó sus costumbres y sirvió a su nueva patria enseñando a su gente a luchar con las técnicas bélicas familiares a él. Los servicios y el valor de Guerrero hicieron más poderoso al pueblo de Chetumal porque le ayudaron a derrotar a sus enemigos. Esto ganó a Gonzalo Guerrero la confianza de Na Chan Can, el señor de Chetumal, quien le hizo ocuparse de los asuntos de guerra y le honró concediéndole una esposa de noble estirpe maya con quien el antes soldado español tuvo varios hijos.

Años después, cuando ya se había consumado la conquista de la nación azteca en Tenochtitlán, los españoles regresaron a la península en expediciones destinadas a someter a los pueblos indígenas de Yucatán. Las contiendas en el área fueron muchas y sangrientas bajo el mando del capitán Montejo y otros. Evidentemente, el encuentro con el olvidado náufrago fue inevitable, pero éste era ahora un guerrero maya cubierto de tatuajes y con aretes y cabello largo a la usanza de los indios de la región y no renegó de su nación adoptiva. Quizás una vez más, como en 1519, Guerrero tuvo la oportunidad de reunirse con sus compatriotas y abandonar la vida con los indígenas, pero no lo hizo. Sus palabras, citadas en el testimonio de las Casas, indican que Guerrero, refiriéndose a sus hijos con orgullo –presumiblemente los primeros mestizos del continente Americano– y haciendo mención a su posición privilegiada de cacique en Chetumal, rechazó la invitación de unirse a sus antiguos paisanos.

Estatua de Guerrero, su esposa Ix Chel Can y sus hijos en Chetumal, Quintana Roo

Estatua de Guerrero, su esposa Ix Chel Can y sus hijos en Chetumal

Estatua de Guerrero, su esposa Ix Chel Can y sus hijos en Chetumal

Es claro que los mayas de Chetumal ganaron un aliado poderoso en el español que les adoptó como patria, pero no fue suficiente para asegurar la paz y su soberanía, y en 1536 en la batalla librada contra Lorenzo de Godoy en Punta Caballos, Honduras, cayeron los mas bravos de entre los cheles, incluyendo su afamado capitán general Gonzalo Guerrero. Con frecuencia se omite su nombre de las páginas de la historia de la conquista, pero este soldado fue con seguridad el primer español que amó abiertamente las tierras americanas y el primero también que murió luchando del lado de ellas.

Para sus coterráneos, incluyendo a Cortés, Guerrero fue un renegado y su nombre fue asociado con traición durante los trescientos años que duró la Colonia. Por su parte el conquistador Montejo pasó a ser uno de los grandes protagonistas de la historia, convirtiéndose en gobernador de Yucatán y amasando una fortuna que hoy es visible en la suntuosidad de su residencia y en la influencia que ejerció en el estado y su capital cuya avenida más importante, el paseo de Montejo, preserva un monumento con su imagen. Y si bien la historia oficial se encargó de enaltecer la fama de Montejo como figura fundacional y de sus muchos descendientes, el pueblo no olvidó a Guerrero y el sentimiento de resistencia de las comunidades mayas de la región sobrevivió los siglos del yugo del hombre blanco. Hoy, este héroe ha despertado la atención de historiadores, cineastas y escritores como Eugenio Aguirre, cuya novela dedicada a esta figura extraordinaria relata su magnifica aventura subrayando su legitimidad como raíz de la hispanidad americana.

Al igual que Akumal y Cozumel, la ciudad de Chetumal lo recuerda con un monumento que representa la primera familia producto del mestizaje de razas entre dos mundos que se desconocían mutuamente. Asimismo la ciudad de Mérida, capital de Yucatán cuenta con una de las pocas estatuas dedicadas a un soldado español en tierras mexicanas. La estatua de Gonzalo Guerrero se erige orgullosa en el atuendo de soldado maya sobre el pedestal que fue colocado también sobre la avenida Montejo, en la tierra que lo acogió después de la fantástica aventura de su naufragio.

¿Cuántos más que participaron en la empresa de la conquista habrán sido a su vez conquistados por la cultura de los pueblos que fueron enviados a someter?

Monumento a Gonzalo Guerrero en Mérida, Yucatán

Monumento a Gonzalo Guerrero en Mérida, Yucatán

Huejotzingo, el ritual de una historia

Danza de huichilobos, Diego Rivera, 1936

Danza de huichilobos, Diego Rivera, 1936

Mientras que Diego Rivera inmortalizó el Carnaval de Huejotzingo en 1936 en una de sus obras pictóricas que hoy se expone en el Palacio de las Bellas Artes, el carnaval es ya en sí mismo una manifestación estética de la síntesis histórica de una nación. En eso radica su singularidad, porque aunque coincide con las fechas de los carnavales que preceden a los ritos católicos de la Semana Santa, el Carnaval de Huejotzingo es un ritual de autodefinición cultural y una expresión popular de la reafirmación de la identidad de un pueblo que se recrea en la memoria de su historia.

La historia de Huejotzingo se remonta al periodo posclásico mesoamericano que vio surgir fuertes señoríos independientes alrededor y dentro del valle de Anáhuac. La historiografía indica que estos grupos provenían de migraciones resultantes de la guerra entre toltecas y chichimecas que provocó la destrucción de Tula, la monumental capital tolteca situada en lo que hoy es el estado de Hidalgo. Las batallas que se dan lugar durante cuatro días de festividades rememoran el heroísmo que ayudó a Huejotzingo a sobrevivir violentas luchas, desde las llamadas guerras floridas inspiradas en dioses aztecas hambrientos de sangre, hasta las batallas contra el imperio francés, en donde Puebla particularmente jugó un papel crucial en defensa de la República.

Al igual que los tlaxcaltecas, tepeacas, y otros, la gente de Huejotzingo era de raíz nahua, y alrededor de 1173 se reestableció en la zona este de los grandes volcanes que enmarcan el extenso valle de Anáhuac, hoy los estados de Puebla y Tlaxcala. Las culturas madres, la olmeca a la cabeza, habían dejado un rico legado cultural que sirvió de base común a la región en donde las condiciones geográficas permitieron la práctica generalizada de la agricultura y el comercio, haciendo posible el crecimiento de la población y el desarrollo de actividades sociales y artísticas que evidencian la superioridad cultural alcanzada por algunos de estos pueblos. Fray Bernardino de Sahagún en su Historia general de las cosas de Nueva España describe a los nahuas así:

Eran habilísimos, de grandes trazas, sutiles y curiosos mecánicos, porque eran oficiales de pluma, pintores, encaladores, plateros, doradores, herreros, carpinteros, albañiles, lapidarios muy primos en desbastar y pulir las piedras preciosas; hiladores, tejedores; prácticos y elegantes en su habla; curiosos en su comer y en su traje; muy aficionados a ser devotos y a ofrecer a su dios, y a incensarle en sus templos. Valientes en las guerras, animosos, de muchas ardides y que hacían grandes presas. (Libro X, Cap. XXIX, 45)

Esta zona periférica del corazón de México, cuyo centro vería la fundación en 1325 del señorío mexica o azteca, era sede de una intensa actividad humana en donde coexistían decenas de pueblos en estrecha proximidad. La misma densidad de población explica la fricción que existía entre pueblos vecinos y la necesidad de cada uno por mantener una sólida organización militar.

El carácter guerrero de las actuaciones populares que roban la atención dentro del carnaval con sus explosivas escaramuzas, y el ruido y olor de las toneladas de pólvora que se queman en él tienen como uno de sus temas principales la batalla del Cinco de Mayo, pero recuerdan el pasado peculiarmente bélico de Huejotzingo.

Foto de Enfoque

Zapador en batalla (Enfoque)

Las primeras crónicas hispanas describen a los huejotzingas como un pueblo aguerrido que como el de Tlaxcala había resistido a los mexicas por casi cien años. Huejotzingo peleó en guerras contra varias de las naciones cercanas, incluyendo a Texcoco, y aun en contra de Tlaxcala con quien luego se uniría. En su Historia Antigua de México, Francisco Javier Clavijero relata cómo alrededor de 1455 Huejotzingo y Tlaxcala atendieron el llamado del rey de Coixtlahuacan, en la región mixteca, en apoyo contra su gran enemigo Moctezuma Ilhuicamina, quinto rey de México. En la guerra perdió el rey mixteco Atonaltzin y murieron la mayoría de las tropas aliadas.

Mucho más sangrienta fue la guerra en la provincia de Cotasta en1457 cuando huejotzingas, tlaxcaltecas y cholultecas formaron una gran alianza para defender a sus vecinos. Por el lado azteca participaron Axayácatl, Tizoc y Ahuízotl que serían reyes más tarde, pero el héroe de la guerra fue Moquihuix, rey de Tlatelolco, quien desobedeciendo la orden de retirada de Moctezuma, peleó con furia contra los aliados y consiguió 6, 200 prisioneros para los sacrificios del reino. Alrededor de 1500, Cholula y Huejotzingo se habían convertido ya en tributarios del imperio azteca. Clavijero explica que durante el reinado de Moctezuma Xocoyotzin los aztecas mantenían una frágil alianza con estos pueblos, lo que les servía de estrategia en contra de la nación tlaxcalteca; agrega que entre ambos, los huejotzingas eran más guerreros que los de Cholula. Sin embargo, es claro que Huejotzingo resistía la opresión del Imperio y desconfiaba de Cholula, a la que llegó a atacar ocasionando la reprensión de Moctezuma en la tortura y muerte de varios de sus hombres. El hecho es que la región del Valle de Cuetlaxcoapan, donde había otros señoríos –Itzocan, Tepeaca, Texmelucan— era una de las sedes de las guerras floridas que proporcionaban víctimas de todos estos pueblos para los sangrientos sacrificios a Huitzilopochtli.

En la épica destrucción de Tenochtitlan los huejotzingas nuevamente se aliaron a sus vecinos el pueblo tlaxcalteca de Xicoténcatl en el apoyo a Cortés; los de Cholula y Chalco les siguieron. El mismo Cortés menciona más de una vez en sus cartas al rey, que sin tal respaldo militar hubiese sido imposible vencer a los aztecas. La construcción de los bergantines y obviamente su transporte y ensamblaje en las proximidades del Lago de Texcoco fue instrumental en la conquista, así como el apoyo militar de huejotzingas y tlaxcaltecas a españoles en subsecuentes campañas militares, entre otras la guerra contra los zapotecas y las expediciones a las tierras mayas. En su segunda Carta de Relación fechada el 15 de mayo de 1522, refiriéndose a las preparaciones para el ataque a Tenochtitlan en abril del año anterior Cortés narra:

Otro día siguiente hice mensajeros a las provincias de Tascaltecal, Guajocingo y Chururtecal a les hacer saber cómo los bergantines eran acabados, y que yo y toda la gente estábamos apercibidos y de camino para ir a cercar la gran ciudad de Temixtitan. Por tanto, que les rogaba, pues que ya por mi estaban avisados y tenían su gente apercibida, que con toda la más y bien armada que pudiesen, se partiesen y viniesen allí a Tesuico donde yo los esperaría diez días; y que en ninguna manera excediesen de esto, porque sería gran desvió para lo que estaba concertado.

Francisco López de Gómara en su Historia de la Conquista de México también relata la ayuda prestada en el llamado “cerco de Tenochtitlan” en 1521, cuando Cortés divide al ejército entre sus tres capitanes para la guerra contra los aztecas:

A Gonzalo de Sandoval, que fue el otro maestre de campo, dio veinte y tres caballos, ciento y sesenta peones, dos tiros y más de cuarenta mil hombres de Chalco, Chololla, Huexocinco y otras partes, con que fuese a destruir a Iztacpalapan, y luego a tomar asiento do mejor le parescía para real. (CXXXI)

Huejotzingo Foto

Serrano en carnaval (Milenio)

Es difícil medir de que manera los nacionalismos autóctonos de todos estos grupos se fueron diluyendo bajo la administración colonial, pero al principio enfrentarían una etapa de rápido cambio que comenzó con la asimilación de la nueva religión y la reconfiguración de las comunidades llevada a cabo por el primer grupo de sacerdotes franciscanos en México, quienes asignaron a cada iglesia, pueblo y municipio un santo patrón, con la intención de sustituir a la deidad con la que los pobladores se habían identificado anteriormente. La alta población en la región facilitó la rapidez con la que se construirían numerosas iglesias y monasterios que sirvieron de centros de enseñanza religiosa. Fue en Huejotzingo donde se inició el proceso con la fundación en 1525 del primer monasterio, uno de los más antiguos del continente, dedicado a San Miguel Arcángel. Con el ícono de San Miguel se introdujo también la imagen de Lucifer, que aparece como un demonio hoy estereotipado, y cuya máscara continúa siendo una de las favoritas en representaciones y otros rituales producto del mestizaje, como el del Carnaval de Huejotzingo.

La labor inicial de catequización requirió buscar puntos de identificación con las creencias indígenas que pudieran ayudar a adaptar los preceptos católicos a significantes culturales existentes. En la memoria colectiva de Huejotzingo la importancia que tuvo el señorío en la conversión religiosa de la Nueva España marca la raíz de la integración social nacional. Fue en Huejotzingo donde se realizaron los primeros ritos católicos, por lo que el primer matrimonio indígena es uno de los tres temas principales del carnaval.

Huejotzingo en el mapa A diferencia de Tlaxcala, que se convirtió en centro urbano y cabeza de su estado, el viejo señorío de Huejotzingo perdería prominencia. La razón más fuerte fue sin duda la fundación en 1531 de la ciudad de Puebla de los Ángeles, que de acuerdo a la historia fue inspirada por un sueño del entonces arzobispo quien la vio dibujar por ángeles y así la mandó llamar. Cholula recibió su escudo de armas en 1540 y Huejotzingo en 1553 con el título de ciudad, pero es Puebla, a sólo 17 kilómetros al sureste, la que crecerá hasta convertirse en el segundo centro urbano de importancia de su época. Puebla fue desde entonces la escala obligada en el camino de Veracruz a la capital de México, lo que significó un flujo constante de productos que durante siglos enriquecerían a la ciudad con las importaciones que llegaban al país. Todas las mercancías provenientes de Europa por el puerto de Veracruz en el Golfo, y de Asia, por Acapulco pasaban por el Valle de Cuextlacoapan. Las hortalizas, granos, frutas, especies de árboles, aves, reces, caballos, sedas, marfil, frutas, llegaban a su primer destino o cambiaban manos allí. La introducción de productos como duraznos y manzanas resultó en la industria de la sidra y las conservas que desde entonces son parte importante de la economía de Huejotzingo.

El resto del periodo colonial no estuvo exento de dinamismo. Basta recorrer los miles de templos y palacios esparcidos por Puebla y sus alrededores, muchos de los cuales exhiben el esplendor y riqueza que uno esperaría encontrar sólo en las grandes catedrales. Fue un periodo de aculturación en ambos sentidos y de actividad artística. La demanda de la iglesia y la clase pudiente empleó artistas de todos tipos en la zona, talabarteros, ceramistas, pintores, escultores, torneros, tejedores, tapiceros, etc., en gran parte indígenas, que se adaptaban a la cultura trasplantada y aportaban sus propios utensilios, gustos y técnicas ejercidos por siglos en sus obras de escultura, en cerámica, tintes vegetales, pieles, pulido de ónix, obsidiana, concha, hueso, piel y otros conocimientos prácticos que enriquecieron la vida de los colonos.

En medio de este tráfico de objetos, productos, razas, e ideologías y de cambio constante Huejotzingo, hoy una ciudad de aproximadamente 22 000 habitantes, se ha convertido en uno de los puntos más emblemáticos del proceso de sincretismo mexicano. Llamamos sincretismo al fenómeno que toma de dos o más culturas y logra mezclarlas recreando una nueva, pero el proceso es siempre un reto por preservar valores esenciales que unen a la comunidad. En las prácticas artísticas y sociales resultantes, en este caso el carnaval, se puede identificar la recreación de símbolos esenciales y tradiciones que refuerzan la conexión con las raíces ancestrales. Los rituales producto de esa experiencia hibrida, sujeta constantemente a agentes externos, utilizan un lenguaje de reafirmación de esos valores.

Batalla del Cinco de Mayo por Patricio Ramos

Batalla del Cinco de Mayo por Patricio Ramos

Con la Independencia comenzó otro periodo de reajuste social y surgió una fórmula de asimilación popular hacia la creación de un sentimiento nacionalista más igualitario, aunque vendrían también más luchas internas y conflictos armados. La zona fue testigo directo de la invasión estadounidense en 1847 y más tarde, de la invasión napoleónica en 1862 que inevitablemente convirtió al área en campo de batalla contra los ejércitos franceses acompañados por batallones de mercenarios zuavos, quienes en el carnaval se distinguen con máscaras rosadas largas barbas, gorros estilizados y pantalones abombados, algunos de los disfraces más llenos de color. Una vez más, los huejotzingas, ahora aliados a los zacapoaxtlas entre otros, mostraron su espíritu aguerrido contra las tropas napoleónicas; el carnaval rememora sobre todo la batalla del Cinco de Mayo de 1862, sin duda uno de los eventos fundacionales del nacionalismo mexicano más importantes en la historia. Los zuavos, franceses, zacapoaxtlas, turcos, apaches, zapadores, etc., que participan en el carnaval entre la descarga explosiva de sus mosquetes, son símbolos de la memoria colectiva que tiene presente el áspero y sangriento camino hacia el logro de una identidad nacional, diversa e híbrida desde su raíz.

Son tres los actos alrededor de los cuales se estructura la monumental dramatización carnavalesca, el primer matrimonio indígena en Huejotzingo, la batalla del Cinco de Mayo que es parte de la Guerra de Intervención Francesa, y la leyenda del bandido Agustín Lorenzo. Esta última también representa un lugar común en la narrativa fundacional de México. La historia está inspirada en un suceso real e incluye la huida de los novios desde el balcón y luego en caballo, seguida por la persecución a tiros de las fuerzas del corregidor. La unión de estos dos personajes tiene resonancia como leitmotiv dentro del arte y el folclor mexicanos que se inicia con las representaciones de Cortes y Malinche y se retoma en leyendas como La Llorona en el periodo colonial. Sin embargo, el idilio prohibido entre el bandido y la hija del corregidor representa no sólo el mestizaje de razas, que está en la base del imaginario de nación, sino también de clases, lo que tiene relevancia para la ideología revolucionaria del siglo XX. El tema del amor y la desigualdad económica reaparece en varias novelas del siglo XIX como Los bandidos de Rio Frio y en el periodo posterior a la

Agustín Lorenzo, Diego Rivera, 1936

Agustín Lorenzo, Diego Rivera, 1936

Revolución vuelve a tomar fuerza en el cine, en películas como Enamorada, Bugambilia y otras, por significar una piedra fundacional del ser mexicano que en el carnaval ocurre en medio de las luchas y obstáculos de una sociedad conservadora que resiste la unión de los amantes hasta perseguirlos y quemar su choza.

El carnaval revive la memoria histórica en un despliegue explosivo de color y pólvora, de disfraces exagerados y de dramatismo pintoresco y estrambótico a la vez. La fiesta, cercana a cumplir 150 años desde su comienzo en 1868, reporta una participación de hasta dos mil actores que inundan las calles de símbolos patrios y de valores culturales en los trajes, las máscaras, los gorros, las cachas talladas de los fusiles, en la música y los bailes y en las escenas y signos que se mezclan y aparecen y desaparecen entre el humo de las explosiones como una gran proyección visual, de los ritos de pasaje de un pueblo que año con año se reencuentra en su historia. Los homenajes heroicos, los desfiles militares, la develación de placas, la inauguración de monumentos y otros actos de remembranza fortalecen el patriotismo, reviven los íconos de la historia y refuerzan el sentido de pertenencia de los pueblos, Huejotzingo lo hace a través de su carnaval.

El Carnaval de Huejotzingo en Nueva York

El siglo XXI registra una nueva etapa de cambio para miles de pueblos latinoamericanos que han emigrado en busca de nuevas y mejores oportunidades de vida lejos de su patria.

Muchos quizás, adopten las nuevas costumbres de sus tierras adoptivas, pero para aquellos que continúan reafirmándose en los ritos comunitarios de su nación de origen, su legado cultural seguirá manteniendo vivo y con él la esencia de su identidad. Los poblanos y mexicanos que se reconocen en sus símbolos patrios han dado ese paso, han elegido reafirmar los lazos con sus raíces y tradición celebrando el Carnaval de Huejotzingo en su versión 16 de Septiembre en Nueva York. ¿Qué nuevos símbolos se adaptarán al carnaval, que nuevos elementos serán incluidos en ese continuo proceso de mestizaje y reinvención que es la cultura mexicana?

Zapadores en NY (M.A. Andrade)

Cervantes y la hija de Pizarro

Viéndose, pues, tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio a que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el pasarse a las indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados,* salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores …

Cervantes, El celoso extremeño

Entre la primera y la segunda parte de su obra maestra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Cervantes publicó una serie de pequeñas historias en su colección de Novelas ejemplares (1613). Para entonces ya tendría alrededor de 66 años y un amplio conocimiento de su tiempo y su sociedad. Una de ellas, la historia de El celoso extremeño, es un ejemplo del carácter destructivo de los celos cuando alcanzan extremos enfermizos; pero el título se refiere más bien a Extremadura, provincia particularmente ilustre en el tiempo de Cervantes por ser cuna de célebres conquistadores.

Hijo de nobles ricos, el extremeño Felipo de Carrizales estaba acostumbrado a tener y a gastar. A los cuarenta y ocho años había acabado con la herencia familiar y por ello decide embarcarse al Perú. Veinte años más tarde regresa otra vez rico, y a pesar de que reconoce en los celos su mayor debilidad, no puede resistir el deseo de tomar una esposa, particularmente tratándose de alguien tan joven como Leonor, quien tiene apenas entre trece y catorce años. Dada su excelente posición económica a Carrizales no le es difícil conseguir el permiso de los nobles pero empobrecidos padres de ésta.

Hoy sólo podemos especular sobre cómo Cervantes concibió su caso ejemplar y en quién se inspiró para crear a Carrizales. Durante su vida seguramente conoció a un buen número de matrimonios donde la diferencia de edad era grande, él mismo calificaría en el grupo; pero pensó en Extremadura, y al situar su historia allí, tendría que recordar a Francisco y a Hernando Pizarro, dos de los más ilustres extremeños de su tiempo. También Trujillo le era bastante familiar. En 1582 Cervantes fue huésped de Juan Pizarro de Orellana, quien había participado en la conquista del Perú exhortado por su primo Francisco Pizarro. Este reclutó en 1530 a un buen número de allegados y vecinos extremeños a participar en la gran aventura de sus vidas. La fortuna había favorecido la empresa y era visible en la prosperidad de Trujillo. En esa visita Cervantes pudo apreciar el auge que como producto de la riqueza obtenida en las Indias, la ciudad mostraba en sus numerosos nuevos palacios y en la restauración y ornamentación de sus iglesias.

Durante su estancia en Trujillo Cervantes tuvo que haber escuchado las historias fantásticas de la Conquista, de la muerte en 1536 de Juan Pizarro y del asesinato de Francisco y Gonzalo poco después; pero más importante aún es que tuvo que haber oído sobre Hernando Pizarro, muerto a una edad avanzada apenas hacía unos cinco años y a unos pasos de allí. Su monumental palacio, el Palacio de los Marqueses de la Conquista, construido por el propio Hernando hacía no más de 20 años, estaba muy cerca de donde Cervantes se hospedaba. La viuda, Francisca ya estaría viviendo en Madrid, o quizás no, quizás se cruzaron alguna vez por la calle. Pero Cervantes, con seguridad se detuvo más de una vez a mirar en la fachada los rostros esculpidos en cantera: el busto de Francisco Pizarro y el de su joven esposa y princesa india, Inés Huaylas Yupanqui, hija del gran Huayna Cápac (padre también éste de su medio hermano Atahualpa). Cervantes habría tenido tiempo de meditar sobre la hija de estos dos, Francisca Pizarro Yupanqui, que aparece esculpida bella, joven y lozana justo abajo de su marido Hernando, el rostro de éste casi tan viejo, enjuto y barbón como el de Francisco, su medio hermano y suegro.

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[column]Busto de Francisca Pizarro en Palacio de la Conquista[/column]

[column]Bustos de Hernando y Francisca Pizarro en Palacio de la Conquista[/column]
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La hija de Pizarro (1534-1598)

Siguiendo la costumbre incaica en convenios de alianza política, Francisco Pizarro recibió de Atahualpa a una mujer noble para hacerla su esposa, se trataba de una de sus medias hermanas. Después del bautizo la princesa se convirtió en Inés Huaylas Yupanqui. De los dos hijos de la pareja sólo Francisca llegó a edad adulta. Sin embargo, en poco tiempo Pizarro se separó de Inés casándola con Francisco de Ampuero, hombre que había entrado recientemente a su servicio. En la investigación de la historiadora María Rostworowski, había sido Hernando quien trajo a Ampuero al Perú cuando regresó después de llevar a España el quinto del rey del rescate de Atahualpa.

En su libro Doña Francisca Pizarro, Rostworowski menciona que después de la separación, Francisco Pizarro había llevado a su hija de apenas unos tres años a vivir con su medio hermano Francisco Martín de Alcántara y con su esposa Inés Muñoz, quienes se habían establecido en Perú:

Francisca recibiría una educación muy esmerada para la época. El chantre fray Cristóbal de Molina (nombrado en su primer testamento) le enseñó el clavicordio y con otros profesores practicaba la danza. Desde muy joven mostró una afición muy limeña por el lujo en su vestuario, según consta en las cuentas que llevaba su tutor Antonio de Rivera”. (38)

Durante la niñez Francisca debió ver poco a su padre y tíos pues continuaban los levantamientos indígenas y la guerra de los Pizarro contra la facción de Diego de Almagro, quien reclamaba su parte en la administración de los nuevos territorios conquistados. Los Pizarro habían usado su poder militar en beneficio propio y tomado ventaja de su autoridad en aquellos primeros años de la invasión. Francisco terminaría asesinando a Almagro, pero envió a Hernando Pizarro –siendo este el único hijo legítimo de los Pizarro y el mejor educado pues sabía leer– para que abogara sobre los hechos ante el rey.

Se sabe que Hernando era un hombre astuto y siempre atento al dinero; en las Indias cometió numerosas crueldades y abusos por lo que había caído de la gracia del rey. En el juicio fue encontrado culpable y sentenciado a prisión. Inicialmente cumpliría la condena de veinte años en Africa pero, en parte por tratarse de un noble, se le envió al Castillo de la Mota en Medina del Campo, donde no carecía de comodidades y podía ser visitado. Allí contó con la compañía de una joven llamada Isabel Mercado con quien tuvo hijos. Al parecer como era huérfana, aunque de padres nobles, la tía de ésta personalmente la llevó a él esperando que se casarían.

Entretanto, Francisco Pizarro había sido asesinado por el hijo de Almagro en 1541 pero en su testamento pidió que sus hijos se criaran al lado de su familia. A los siete años Francisca se convirtió en la mestiza más rica del Perú y su albacea sería Hernando. Con el tiempo la adolescente fue llevada a España y probablemente habría ido a vivir con sus tíos en Trujillo si Hernando Pizarro no hubiese mandado por ella desde La Mota. Hernando se deshizo de Isabel y en 1552 se unió en matrimonio con su sobrina Francisca con quien vivió en su retiro hasta el término de su condena en 1561. La pareja se mudó luego a la propiedad de Hernando en La Zarza, en las cercanías de Trujillo, mientras se construía el palacio que Hernando mandó hacer sobre propiedades heredadas de su padre.

No se sabe la edad exacta de Hernando Pizarro, pero se ha especulado que llegó a vivir más de cien años y sabemos con seguridad que Francisca tenía 44 cuando el tío esposo murió en 1578, recomendándole que no se casara. Su vida no fue fácil, separada de su madre, huérfana de padre, lejos de todo lo que le era familiar, en un matrimonio impuesto, debió también sufrir la muerte de dos hijos pequeños; ya viuda perdió a su hija Inés quien acababa de casarse; poco más tarde murió Juan; y al final sólo el mayor de los cinco, Francisco, sobrevivió. Durante los más de 25 años de matrimonio no se conocen datos del tipo de vida social que llevaban, pero es de esperar que fuesen devotos y cumpliesen con sus obligaciones religiosas. Muy probablemente Hernando fue un marido autoritario y rígido, y en su situación Francisca se habría tenido que adaptar a una vida de quietud y sumisión. Quizá el estar en posición de contribuir a buenas obras le traería satisfacciones. Entre otras donaciones, hay evidencia de que su fortuna ayudó a construir la Catedral de Lima.

En El celoso extremeño el claustro que Carrizales crea alrededor de Leonor atrae como a un reto a un joven travieso llamado Loaysa y ayuda a que los criados, aburridos del encierro se dejen convencer y engañar por él. Este solo quiere probar su astucia y en acuerdo con sus amigos logra introducirse a la fortaleza. El mismo facilita la sustancia que pone a dormir al viejo para sacar la llave maestra del colchón. Una vez dentro, la dueña le facilita la oportunidad de estar a solas con Leonor, y cuando finalmente Carrizales se da cuenta de que sus puertas, cerrojos y demás medidas de control han fallado, se culpa a sí mismo más que a nadie: “Yo fui el que, como el gusano de seda, me fabriqué la casa donde muriese, y a ti no te culpo ¡Oh niña mal aconsejada!”

Las cosas acaban mal para Carrizales quien muere de pesar, y quizás para Leonor también pues decide hacerse monja, a pesar de haber recibido la herencia del marido y la bendición de éste para casarse. Para el atrevido Loaysa que quiso reírse del viejo fue peor, pues el desprecio de Leonor le deja despechado y decide partir a las Indias.

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[column]Interior Palacio de la Conquista [/column]

[column]Interior en Palacio de la Conquista [/column]
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¿Habrá pensado Cervantes en el nombre de los Loayza de Trujillo cuando escribió su historia? Fue un vecino de Trujillo bien conocido de Gonzalo Pizarro, Fray Jerónimo de Loayza, el encargado del proyecto de la construcción de la catedral de Lima. Oiría Cervantes rumores de algún amor furtivo entre la joven esposa y un mancebo vecino del lugar? Sólo podemos especular, pero para describir el interior del Palacio de la Conquista no puede haber mejor manera que tomar las palabras de Cervantes cuando se refirió a la amurallada casa del celoso Carrizales, quien “levantó las paredes de la azuteas de tal manera que el que entraba en la casa había de mirar al cielo por línea recta, sin que pudiesen ver otra cosa.”

Es evidente que la inteligencia de Hernando siempre estuvo al servicio de su conveniencia, y tratándose de grandes fortunas, se puede entender que el casamiento con su sobrina aseguraba la protección de una de las más ricas herencias de su tiempo. Si Francisca tuvo otros anhelos, las circunstancias no le favorecieron. Y sin embargo, a diferencia de Leonor, es posible que encontrara el amor, pues ignorando la recomendación de Hernando se casó por segunda vez, y en esta ocasión con alguien menor que ella; el novio, Don Pedro Arias Portocarrero, era además hermano de su nuera. Hernando se hubiese sorprendido. Del matrimonio se sabe que la fortuna de doña Francisca se redujo notablemente tras su mudanza a Madrid, lo que sugiere que la pareja disfrutó una vida cortesana. Doña Francisca Pizarro Yupanqui de Pizarro murió en 1598, a los 64 años, dejando una generosa herencia a su marido.

Y yo quedé con el deseo de llegar al fin de este suceso, ejemplo y espejo de lo poco que hay que fiar de llaves, tornos y paredes cuando queda la voluntad libre, y de lo menos que hay que confiar de verdes y pocos años, si les andan al oído exhortaciones de estas dueñas de monjil negro y tendido y tocas blancas y luengas.

El celoso extremeño

Monumento a Francisca Pizarro en Jauja, Perú

Monumento a Francisca Pizarro en Jauja, Perú

Por casi medio milenio su historia fue ignorada pero el 22 de agosto de 2009 se develó la primera estatua dedicada a Francisca Pizarro en América Latina, reconociéndola como la “primera mestiza” del Perú. La estatua puede ser admirada en la Plaza de Armas de Jauja, primera capital de la gran colonia andina que Pizarro nombró antes de fundar Lima.

*“alzados” significa los que están en la quiebra o temen a sus deudores y ser detenidos por la justicia.