Cervantes y la hija de Pizarro

Viéndose, pues, tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio a que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el pasarse a las indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados,* salvoconducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores …

Cervantes, El celoso extremeño

Entre la primera y la segunda parte de su obra maestra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Cervantes publicó una serie de pequeñas historias en su colección de Novelas ejemplares (1613). Para entonces ya tendría alrededor de 66 años y un amplio conocimiento de su tiempo y su sociedad. Una de ellas, la historia de El celoso extremeño, es un ejemplo del carácter destructivo de los celos cuando alcanzan extremos enfermizos; pero el título se refiere más bien a Extremadura, provincia particularmente ilustre en el tiempo de Cervantes por ser cuna de célebres conquistadores.

Hijo de nobles ricos, el extremeño Felipo de Carrizales estaba acostumbrado a tener y a gastar. A los cuarenta y ocho años había acabado con la herencia familiar y por ello decide embarcarse al Perú. Veinte años más tarde regresa otra vez rico, y a pesar de que reconoce en los celos su mayor debilidad, no puede resistir el deseo de tomar una esposa, particularmente tratándose de alguien tan joven como Leonor, quien tiene apenas entre trece y catorce años. Dada su excelente posición económica a Carrizales no le es difícil conseguir el permiso de los nobles pero empobrecidos padres de ésta.

Hoy sólo podemos especular sobre cómo Cervantes concibió su caso ejemplar y en quién se inspiró para crear a Carrizales. Durante su vida seguramente conoció a un buen número de matrimonios donde la diferencia de edad era grande, él mismo calificaría en el grupo; pero pensó en Extremadura, y al situar su historia allí, tendría que recordar a Francisco y a Hernando Pizarro, dos de los más ilustres extremeños de su tiempo. También Trujillo le era bastante familiar. En 1582 Cervantes fue huésped de Juan Pizarro de Orellana, quien había participado en la conquista del Perú exhortado por su primo Francisco Pizarro. Este reclutó en 1530 a un buen número de allegados y vecinos extremeños a participar en la gran aventura de sus vidas. La fortuna había favorecido la empresa y era visible en la prosperidad de Trujillo. En esa visita Cervantes pudo apreciar el auge que como producto de la riqueza obtenida en las Indias, la ciudad mostraba en sus numerosos nuevos palacios y en la restauración y ornamentación de sus iglesias.

Durante su estancia en Trujillo Cervantes tuvo que haber escuchado las historias fantásticas de la Conquista, de la muerte en 1536 de Juan Pizarro y del asesinato de Francisco y Gonzalo poco después; pero más importante aún es que tuvo que haber oído sobre Hernando Pizarro, muerto a una edad avanzada apenas hacía unos cinco años y a unos pasos de allí. Su monumental palacio, el Palacio de los Marqueses de la Conquista, construido por el propio Hernando hacía no más de 20 años, estaba muy cerca de donde Cervantes se hospedaba. La viuda, Francisca ya estaría viviendo en Madrid, o quizás no, quizás se cruzaron alguna vez por la calle. Pero Cervantes, con seguridad se detuvo más de una vez a mirar en la fachada los rostros esculpidos en cantera: el busto de Francisco Pizarro y el de su joven esposa y princesa india, Inés Huaylas Yupanqui, hija del gran Huayna Cápac (padre también éste de su medio hermano Atahualpa). Cervantes habría tenido tiempo de meditar sobre la hija de estos dos, Francisca Pizarro Yupanqui, que aparece esculpida bella, joven y lozana justo abajo de su marido Hernando, el rostro de éste casi tan viejo, enjuto y barbón como el de Francisco, su medio hermano y suegro.

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[column]Busto de Francisca Pizarro en Palacio de la Conquista[/column]

[column]Bustos de Hernando y Francisca Pizarro en Palacio de la Conquista[/column]
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La hija de Pizarro (1534-1598)

Siguiendo la costumbre incaica en convenios de alianza política, Francisco Pizarro recibió de Atahualpa a una mujer noble para hacerla su esposa, se trataba de una de sus medias hermanas. Después del bautizo la princesa se convirtió en Inés Huaylas Yupanqui. De los dos hijos de la pareja sólo Francisca llegó a edad adulta. Sin embargo, en poco tiempo Pizarro se separó de Inés casándola con Francisco de Ampuero, hombre que había entrado recientemente a su servicio. En la investigación de la historiadora María Rostworowski, había sido Hernando quien trajo a Ampuero al Perú cuando regresó después de llevar a España el quinto del rey del rescate de Atahualpa.

En su libro Doña Francisca Pizarro, Rostworowski menciona que después de la separación, Francisco Pizarro había llevado a su hija de apenas unos tres años a vivir con su medio hermano Francisco Martín de Alcántara y con su esposa Inés Muñoz, quienes se habían establecido en Perú:

Francisca recibiría una educación muy esmerada para la época. El chantre fray Cristóbal de Molina (nombrado en su primer testamento) le enseñó el clavicordio y con otros profesores practicaba la danza. Desde muy joven mostró una afición muy limeña por el lujo en su vestuario, según consta en las cuentas que llevaba su tutor Antonio de Rivera”. (38)

Durante la niñez Francisca debió ver poco a su padre y tíos pues continuaban los levantamientos indígenas y la guerra de los Pizarro contra la facción de Diego de Almagro, quien reclamaba su parte en la administración de los nuevos territorios conquistados. Los Pizarro habían usado su poder militar en beneficio propio y tomado ventaja de su autoridad en aquellos primeros años de la invasión. Francisco terminaría asesinando a Almagro, pero envió a Hernando Pizarro –siendo este el único hijo legítimo de los Pizarro y el mejor educado pues sabía leer– para que abogara sobre los hechos ante el rey.

Se sabe que Hernando era un hombre astuto y siempre atento al dinero; en las Indias cometió numerosas crueldades y abusos por lo que había caído de la gracia del rey. En el juicio fue encontrado culpable y sentenciado a prisión. Inicialmente cumpliría la condena de veinte años en Africa pero, en parte por tratarse de un noble, se le envió al Castillo de la Mota en Medina del Campo, donde no carecía de comodidades y podía ser visitado. Allí contó con la compañía de una joven llamada Isabel Mercado con quien tuvo hijos. Al parecer como era huérfana, aunque de padres nobles, la tía de ésta personalmente la llevó a él esperando que se casarían.

Entretanto, Francisco Pizarro había sido asesinado por el hijo de Almagro en 1541 pero en su testamento pidió que sus hijos se criaran al lado de su familia. A los siete años Francisca se convirtió en la mestiza más rica del Perú y su albacea sería Hernando. Con el tiempo la adolescente fue llevada a España y probablemente habría ido a vivir con sus tíos en Trujillo si Hernando Pizarro no hubiese mandado por ella desde La Mota. Hernando se deshizo de Isabel y en 1552 se unió en matrimonio con su sobrina Francisca con quien vivió en su retiro hasta el término de su condena en 1561. La pareja se mudó luego a la propiedad de Hernando en La Zarza, en las cercanías de Trujillo, mientras se construía el palacio que Hernando mandó hacer sobre propiedades heredadas de su padre.

No se sabe la edad exacta de Hernando Pizarro, pero se ha especulado que llegó a vivir más de cien años y sabemos con seguridad que Francisca tenía 44 cuando el tío esposo murió en 1578, recomendándole que no se casara. Su vida no fue fácil, separada de su madre, huérfana de padre, lejos de todo lo que le era familiar, en un matrimonio impuesto, debió también sufrir la muerte de dos hijos pequeños; ya viuda perdió a su hija Inés quien acababa de casarse; poco más tarde murió Juan; y al final sólo el mayor de los cinco, Francisco, sobrevivió. Durante los más de 25 años de matrimonio no se conocen datos del tipo de vida social que llevaban, pero es de esperar que fuesen devotos y cumpliesen con sus obligaciones religiosas. Muy probablemente Hernando fue un marido autoritario y rígido, y en su situación Francisca se habría tenido que adaptar a una vida de quietud y sumisión. Quizá el estar en posición de contribuir a buenas obras le traería satisfacciones. Entre otras donaciones, hay evidencia de que su fortuna ayudó a construir la Catedral de Lima.

En El celoso extremeño el claustro que Carrizales crea alrededor de Leonor atrae como a un reto a un joven travieso llamado Loaysa y ayuda a que los criados, aburridos del encierro se dejen convencer y engañar por él. Este solo quiere probar su astucia y en acuerdo con sus amigos logra introducirse a la fortaleza. El mismo facilita la sustancia que pone a dormir al viejo para sacar la llave maestra del colchón. Una vez dentro, la dueña le facilita la oportunidad de estar a solas con Leonor, y cuando finalmente Carrizales se da cuenta de que sus puertas, cerrojos y demás medidas de control han fallado, se culpa a sí mismo más que a nadie: “Yo fui el que, como el gusano de seda, me fabriqué la casa donde muriese, y a ti no te culpo ¡Oh niña mal aconsejada!”

Las cosas acaban mal para Carrizales quien muere de pesar, y quizás para Leonor también pues decide hacerse monja, a pesar de haber recibido la herencia del marido y la bendición de éste para casarse. Para el atrevido Loaysa que quiso reírse del viejo fue peor, pues el desprecio de Leonor le deja despechado y decide partir a las Indias.

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[column]Interior Palacio de la Conquista [/column]

[column]Interior en Palacio de la Conquista [/column]
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¿Habrá pensado Cervantes en el nombre de los Loayza de Trujillo cuando escribió su historia? Fue un vecino de Trujillo bien conocido de Gonzalo Pizarro, Fray Jerónimo de Loayza, el encargado del proyecto de la construcción de la catedral de Lima. Oiría Cervantes rumores de algún amor furtivo entre la joven esposa y un mancebo vecino del lugar? Sólo podemos especular, pero para describir el interior del Palacio de la Conquista no puede haber mejor manera que tomar las palabras de Cervantes cuando se refirió a la amurallada casa del celoso Carrizales, quien “levantó las paredes de la azuteas de tal manera que el que entraba en la casa había de mirar al cielo por línea recta, sin que pudiesen ver otra cosa.”

Es evidente que la inteligencia de Hernando siempre estuvo al servicio de su conveniencia, y tratándose de grandes fortunas, se puede entender que el casamiento con su sobrina aseguraba la protección de una de las más ricas herencias de su tiempo. Si Francisca tuvo otros anhelos, las circunstancias no le favorecieron. Y sin embargo, a diferencia de Leonor, es posible que encontrara el amor, pues ignorando la recomendación de Hernando se casó por segunda vez, y en esta ocasión con alguien menor que ella; el novio, Don Pedro Arias Portocarrero, era además hermano de su nuera. Hernando se hubiese sorprendido. Del matrimonio se sabe que la fortuna de doña Francisca se redujo notablemente tras su mudanza a Madrid, lo que sugiere que la pareja disfrutó una vida cortesana. Doña Francisca Pizarro Yupanqui de Pizarro murió en 1598, a los 64 años, dejando una generosa herencia a su marido.

Y yo quedé con el deseo de llegar al fin de este suceso, ejemplo y espejo de lo poco que hay que fiar de llaves, tornos y paredes cuando queda la voluntad libre, y de lo menos que hay que confiar de verdes y pocos años, si les andan al oído exhortaciones de estas dueñas de monjil negro y tendido y tocas blancas y luengas.

El celoso extremeño

Monumento a Francisca Pizarro en Jauja, Perú

Monumento a Francisca Pizarro en Jauja, Perú

Por casi medio milenio su historia fue ignorada pero el 22 de agosto de 2009 se develó la primera estatua dedicada a Francisca Pizarro en América Latina, reconociéndola como la “primera mestiza” del Perú. La estatua puede ser admirada en la Plaza de Armas de Jauja, primera capital de la gran colonia andina que Pizarro nombró antes de fundar Lima.

*“alzados” significa los que están en la quiebra o temen a sus deudores y ser detenidos por la justicia.