Salman Rushdie y la Revolución Sandinista

En el mundo real había monstruos y gigantes;
pero había también el inmensurable poder de
la voluntad. Era enteramente posible que la
voluntad de Nicaragua de sobrevivir probara
ser más fuerte que las armas norteamericanas.
Tendríamos que esperar para verlo.

Salman Rushdie

(La sonrisa del jaguar, 1987)

el poeta Ernesto Cardenal

El poeta Ernesto Cardenal

El libro de Salman Rushdie La sonrisa del jaguar, inspirado en su visita a Nicaragua en 1986, es un documento singular en la historia de las revoluciones latinoamericanas ya que todavía en el periodo de la Guerra Fría, presenta una reflexión externa del movimiento sandinista, que lejos de clamar por la radicalización marxista del continente, representaba el rechazo del pueblo a la agresión militar de los Estados Unidos y a un destino de desigualdad controlado por dictaduras.  La sonrisa del jaguar es un recuento de las observaciones recogidas por Rushdie durante las tres semanas que duró su estancia en Nicaragua y de sus conversaciones con un buen número de personas, tanto los líderes dirigentes del movimiento que derrocó al último de los Somoza, como a miembros de la administración sandinista, sacerdotes, escritores, trabajadores sociales, campesinos, gente del pueblo, milicianos heridos que esperaban recuperarse para combatir al ejército de los contra nuevamente, observadores extranjeros y críticos como Violeta Chamorro, cuyo diario la Prensa había sido cerrado por el gobierno de Daniel Ortega, bajo sospecha de ser financiado por la CIA y acusaciones de provocar la inestabilidad en el país en medio de una guerra.

Rushdie interpretaba la situación de Nicaragua como un caso de David y Goliat que le había instado a profundizar su conocimiento del conflicto desde los años en que el catastrófico terremoto que devastó Managua en 1972 había mostrado al mundo la cara criminal del gobierno de Anastasio Somoza hijo. El escritor nacido en la India apoyó la Revolución Nicaragüense a través de la Campaña de Solidaridad con Nicaragua en Londres donde radicaba entonces.  Las circunstancias de su visita responden a un interés personal de quien se identificaba abiertamente con la posición anti-imperialista de los rebeldes, como hijo él mismo de un movimiento triunfante que liberó a su nación del colonialismo inglés. Reconocía que su conciencia era “producto del triunfo de la Revolución Hindú” y veía la vulnerabilidad del pequeño país ante la amenaza de invasión norteamericana a través del simbolismo de una letanía que había llamado su atención y que da el título a su libro: “Había una niña de Nicaragua que sonreía mientras montaba a un jaguar y al regreso del paseo la niña estaba dentro y la sonrisa en la cara del jaguar.”  Las circunstancias precarias que vivía Nicaragua en ese momento se hacen evidentes a lo largo de la narración, pero hay también un tono de reservado optimismo basado sobre todo en la solidaridad del pueblo nicaragüense a su Revolución. “Hope” que en español significa “esperanza” es precisamente el título del prólogo, el cual narra la curiosa circunstancia que diez años atrás lo había acercado a este pueblo, cuando en 1976, la esposa del dictador, Hope Somoza, respondiendo a la infidelidad del marido, se había mudado a una casa vecina al edificio de Rushdie, convirtiéndola en centro de concurridas fiestas, y a la calle en despliegue de coches de las marcas más lujosas.

La invitación vino de la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura (ASTC) que invitaba a escritores, artistas, músicos, bailarines, etc. a celebrar el séptimo aniversario del triunfo de la Revolución. Para entonces, Salman Rushdie poseía un conocimiento abundante del tema, de la historia de Nicaragua y de su cultura, sobre todo de sus escritores y poetas y de la opinión de los más importantes autores latinoamericanos, lo que hace su reflexión todavía más valiosa. Conoce bien la apreciación de Cortázar sobre Nicaragua y no está de acuerdo con la perspectiva de Mario Vargas Llosa. Confiesa no haber tenido intención de escribir un libro sobre el tema, pero dice haber sido afectado profundamente por la resolución del Congreso estadounidense de aprobar el uso de 100 millones de dólares de ayuda a los contra, a pesar de que la Corte Internacional de Hague había condenado la decisión de agresión estadounidense que apoyaba el entonces presidente Ronald Reagan. Sin embargo, Rushdie reprobó la censura del diario la Prensa y compartió abiertamente su crítica con el presidente Daniel Ortega, aunque tampoco vio en Violeta Chamorro la intención desinteresada y objetiva de mantener a su diario y a ella misma fuera de la política. Su temor, confesaba al inicio del viaje, era encontrar “como sucede a menudo”, que el gobierno sandinista se convirtiera “en lo mismo que se había propuesto destruir”; y se preguntaba si simpatizaría con los sandinistas, aunque de hecho, concluía: “a uno no tendría que gustarle nadie para creer en su derecho de no ser aplastado por los Estados Unidos aunque ayudaría.”

Mural Parque Nacional Volcán Masaya. Foto cortesía de Areli Ibarra

Mural Parque Nacional Volcán Masaya. Foto cortesía de Areli Ibarra

Es claro su interés por encontrar la fuerza que sacaría adelante al pueblo de Nicaragua. “Cuando no se nace en Occidente”, dice al inicio, “uno tiene cierta noción de cómo es la perspectiva desde abajo”.  Sin embargo, Rushdie evitó ser subjetivo y buscó perspectivas diferentes inquiriendo sobre la motivación y expectativas de los diversos actores dentro del conflicto.  A su llegada conoce a Tomas Borge, entonces ministro del interior, único sobreviviente de los diez primeros líderes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), los otros nueve habían sido asesinados antes de la caída de los Somoza. Se entrevista con el escritor Sergio Ramírez, vicepresidente del país, con quien viaja a Campoa, reuniéndose con Luis Carrión para celebrar el Día Nacional de la Reforma Agraria. Aquí presencia la entrega de 70 mil acres de tierra a campesinos y conoce a Jaime Wheelock, ministro de agricultura y antes comandante en la Revolución. Se entera de que a este tiempo se habían repartido ya 2 millones de acres de tierra a 100 mil familias. En Campoa conoce al padre Alfonso Alvarado, otro ejemplo de la comunión entre la Nueva Iglesia nicaragüense y su  Revolución. De regreso en Managua asiste a un recital de poesía donde conoce a la crítica Ileana Rodríguez y disfruta escuchando a las poetas Vidaluz Meneses y Gioconda Belli entre otros.  En casa de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo cena con algunos representantes como Claudia Chamorro, embajadora en Costa Rica, y escritores y poetas como Carlos Martínez Rivas, José Coronel Urtecho, Miguel d’Escoto, ministro del exterior, y Ernesto Cardenal, ministro de cultura, ambos de ellos sacerdotes. Con Cardenal, considerado el más importante poeta nicaragüense contemporaneo, se había reunido ya con anterioridad en su oficina, en lo que antes fuera el lujoso baño de Hope Somoza; en esa ocasión el poeta le habló de sus influencias literarias y su conversión de sacerdote a revolucionario.

La razón principal de su viaje, el aniversario de la Revolución, tiene lugar en Estelí el 19 de julio de 1986. El evento y el lugar están en peligro de ser blanco de un ataque de los contra por encontrarse a sólo 40 kilómetros de la frontera con Honduras, donde había 50 mil soldados nicaragüenses estacionados. Aquí le acompañan Rosario Murillo y el antes comandante Bayardo Arce. De regreso en Managua comparte unas horas con Hugo Torres, jefe de educación, Burt Schneider, productor de cine norteamericano y Susan Meiselas, fotógrafa de guerra. En Bocay entrevista a campesinos de una Cooperativa, y aún en medio de las carencias y del racionamiento que sufren, la comunidad le muestra su hospitalidad con un banquete consistente en sopa de frijoles y un huevo fertilizado, al que llama huevo de amor, un verdadero lujo dada la situación.  A Rushdie le conmueve la fe de la gente y le impresiona la vitalidad de la Misa Campesina en el barrio Riguero de Managua, en donde la música y el mensaje del padre Molina revelan la fuerza unificadora de la Teología de la Liberación. En la iglesia se topa con brigadistas estadounidenses que han venido como voluntarios para ayudar en la agricultura mientras los hombres salen a pelear. Finalmente en Bluefields, en la costa éste, le sirve de guía Mary Ellsberg, una brigadista dedicada a la salud que ahora servía en esta zona tan culturalmente diversa por su conexión antillana, y por su alta población de indios misquitos. Aquí es testigo del peligro que enfrenta esta parte aislada de Nicaragua sin defensa y bajo la constante amenaza de ataques y del secuestro de menores que eran reclutados por los contra. Aquí visita a la mujer que ha ayudado a nacer a la mayoría de los jóvenes de la población y que tiene dentro de su casa como mascota a una vaca.

Después de su recorrido en aquella Nicaragua de apenas tres millones de habitantes, en guerra contra el imperio más poderoso del mundo, Salman Rushdie no tiene duda de la pasión que mueve al pueblo y de la fuerza de su fe. Para entender la entrega de la gente a su Revolución evoca la pintura Cristo Guerrillero de Gloria Guevara, que muestra a dos mujeres indígenas al pie de una cruz que sostiene a un cristo vestido en jeans, como sus hijos y maridos soldados. Rushdie concluye que la imagen es totalmente familiar y vigente para este pueblo que ve la muerte a cada día en medio del hambre y la pobreza y que comulga con sus mártires inmortalizados en cada calle, escuela y hospital que lleva su nombre; Sandino a la cabeza, “más vivo que nunca”, aún sobre las ruinas todavía visibles del terremoto; los sandinistas, todos poetas como observa a largo de su libro, entregados a su causa, administrando lo mejor que pueden a un país debilitado y vulnerable; y los guías espirituales, los sacerdotes, también unidos a la Revolución, cumpliendo con un llamado moral y divino que identificaron con la liberación prometida por su fe. Al final del viaje debe regresar a la pregunta que le intriga desde su llegada, ¿será Nicaragua devorada por la geopolítica, es decir, por Los Estados Unidos? ¿Sería este el jaguar?, Rushdie encontraría otro planteamiento mucho más optimista para la interpretación del simbolismo creado por los versos citados: “Qué tal si el jaguar es la Revolución?”

La sonrisa del jaguar

A casi tres décadas de la publicación de La sonrisa del jaguar el libro se siente actual en todo momento. Nos regala un acercamiento personal a un país que entiende el precio de la guerra en un momento que se enfrenta a la mayor amenaza de su historia. La narración fluye clara y ligera introduciendo el lado humano de los personajes, citando las frases reveladoras de sus entrevistas y los pasajes poéticos que dan luz a la interpretación, y añadiendo sus reflexiones sobre el futuro del conflicto que en todo momento buscan las respuestas en la voluntad y la pasión del pueblo de Nicaragua, tan vivas en su poesía y en el rito religioso.