La nariz del diablo, una novela ecuatoriana

…la montaña tomó venganza por haber sido herido su
panal de dulzura. Han herido su reposo y su corazón
viviente. Han matado la alegría de las aves, de
la selva, de la majestad de los Andes.

Sala de Carondelet, Palacio de Gobierno del Ecuador

Sala del Carondelet, Palacio de Gobierno del Ecuador donde se rememora
la construcción del ferrocarril transandino en el país (1872-1908)

En países plurinacionales como Ecuador, la literatura puede ser un valioso instrumento de comprensión y rescate cultural de las etnias nacionales que compensa la omisión histórica, especialmente en el caso de los afro descendientes, cuya comunidad ha sufrido el más alto grado de marginación en el continente desde su exportación forzada. Se debe encontrar y escuchar sus voces que no son aún suficientemente audibles fuera de un contexto regional.

Al hablar de la población africana en América Latina, la carencia de fuentes de voz propia hace más lento el proceso de legitimar su presencia dentro de las naciones a las que ha contribuido a formar cultural y económicamente. En cuanto al papel de la historiografía, es claro que el interés por rescatar la herencia negra ha estado muy por debajo del interés por mantener viva la raíz europea dentro del continente, y por ello la cultura popular, la canción, el baile, la música y la poesía oral y escrita han sido invaluables para el acercamiento hacia esa otra raíz y su riqueza.

Un caso extraordinario es la escritora esmeraldeña Luz Argentina Chiriboga, quien a través de su poesía y su obra novelística ha llamado la atención sobre la creatividad y fuerza de la cultura afro ecuatoriana de la que es parte. A ella debemos una mirada humana a las luchas anticolonialistas que toma en cuenta la participación real del esclavo y de la mujer, en particular, de dos mujeres que pelearon con valor singular por la Independencia, no sólo del Ecuador sino de la región entera: Jonatás y Manuela, su novela sobre el papel relevante de una esclava que se convierte en la amiga y aliada de Manuela Sáenz, la mujer más importante en la vida de Simón Bolívar.

Nuevamente, en su novela La nariz del diablo, la escritora abre una mirada de acercamiento humano a la contribución de ese segmento de la población que permaneció invisible por gran parte de la historia. El trasfondo es el reclutamiento de hombres afro antillanos para un proyecto que transformará para siempre al país. Ambas perspectivas, literaria e historiográfica, se complementan para acercarse a un momento trascendental en la historia del Ecuador: el de la construcción de “la línea ferroviaria más difícil del mundo,” un proyecto desafiante que marca la presidencia del líder liberal Eloy Alfaro, y el triunfo de una agenda de progreso que requiere el sacrificio de los miles de trabajadores ferroviarios, en gran número negros, que unen a ese sueño los suyos propios.

La presidencia de Alfaro es un momento clave por representar el triunfo de una agenda que pretendía la consolidación de la nación. El ferrocarril no sólo se extiende para incluir a otras regiones a la economía de mercados, sino que permite ofrecer iguales oportunidades para diversos grupos sociales dentro de la misma uniendo las regiones centrales a la costa en la línea Quito Guayaquil. Sin embargo, el marco en que se realiza la contratación de estos obreros les deja al margen de cualquier beneficio o buena intención que pueda tener el líder. La novela pone en primer plano el costo humano que trae consigo el desarrollo que ha ignorado la marginación y desplazamiento resultantes del intento por crear las estructuras económicas modernas.

Como en otros países del continente cuya geografía ha obstaculizado la integración social, el ferrocarril prometía una comunicación más eficiente y una asimilación étnica dentro del crecimiento económico. La novela hace referencia directa al fenómeno de la inmigración dentro de la diáspora africana que caracterizó los proyectos incipientes del periodo independiente llevado a cabo por compañías extranjeras. El reclutamiento de trabajadores jamaiquinos al Ecuador para realizar tan difícil obra, señala un fenómeno que atrajo a miles de peones negros con miras a encontrar mejores condiciones de vida. La construcción del canal de Panamá es el ejemplo más notable pero de ninguna manera el único.

En este recuento apegado a la historia Luz Argentina Chiriboga narra los aspectos humanos, las esperanzas y vivencias, los temores y sentimientos de esa fuerza laboral ausente del registro de los logros humanos. Personaliza la participación de estos seres hasta hoy fantasmas en el devenir de las naciones americanas que consistentemente han vivido ajenas a su existencia. La novela obliga a la reflexión sobre el papel de la diáspora africana en la construcción física de la nación y en los patrones de explotación que se han reiterado históricamente, es decir la fórmula de triangulación entre Europa, África y América que construyó los imperios mercantilistas en los albores de la modernidad – la industria azucarera, del algodón, y de la minería en la creación de los imperios coloniales — y que volvió a producir el deseado fruto en la dinámica de contratación de afro descendientes de las Antillas y el Caribe a puntos de la América Continental en proyectos de enriquecimiento llevados a cabo por contratistas transnacionales y financiamiento del “Primer Mundo”, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, etc. Como resultado, se perpetuó la explotación de comunidades africanas que al ser desplazadas fuera de sus comunidades quedan a expensas de compañías que no ofrecen protección laboral y hacen imposible el retorno, como también la oportunidad de asimilarse en la nueva cultura. El caso de esta comunidad de jamaiquinos que son llevados al Ecuador es un ejemplo del tipo de desplazamiento migratorio que ha caracterizado a parte de esa diáspora inducida al nomadismo, y que ha contribuido a perpetuar su ausencia en la historiografía de cada nación.

La vida cruda de trabajo excesivo y continuo de estos hombres, y de una que otra mujer que disfrazada se aventura a trabajar a la par que ellos, conlleva a diluir la cultura del inmigrante y acentúa su estado de marginado dentro de la población donde vive y labora. Pero por otro lado la construcción del ferrocarril es un proyecto común cuyo logro une a este grupo de trabajadores bajo experiencias dolorosas que les acercan entre sí porque sólo ellos las conocen bien: la separación de la familia, los peligros del mar, la enfermedad, la añoranza del regreso, la pérdida de compañeros y familiares en trabajos de alto riesgo, el frío, el dolor físico, el hambre, la mutilación que sufren muchos en las explosiones de dinamita, y la muerte misma. Experiencias profundas que repatrían al grupo en su propia solidaridad, es decir, le dotan de una identidad basada en la experiencia común, en la convivencia y en la ilusión de salir adelante y hacer real la promesa de una mejor vida. Asombra la fuerza de estos hombres y mujeres cuya identidad de grupo funciona como recurso de sobrevivencia contra el proceso de “desculturización” y de des- humanización de que son víctimas.

La simbología que ofrece el título “la nariz del diablo”, un tramo de la geografía que asemeja una pared vertical, sugiere la lucha infrahumana de la cual es parte el negro dentro de la búsqueda del “progreso”; un reto para gigantes que consiste en cortar la montaña para conseguir la movilidad y rapidez que representa el ferrocarril frente a la temible peligrosidad de un paisaje andino imponente y poderoso ante el cual el hombre blanco no está dispuesto a agacharse. La autora da nombre y vida a algunos de los hombres invisibles para la historia cuyo destino corre paralelo al desarrollo de las vías de hierro que van colocándose a base de detonaciones, y de romper con los brazos y los picos la montaña a alturas inconcebibles. Los accidentes durante el avance del proyecto van mermando a los obreros poco a poco y muchos quedan sepultados en el trayecto. Irónicamente, sus vidas hacen posible el éxito del plan que asegurará el crecimiento económico de regiones ansiosas de recibir la modernidad, pero ajenas a los fantasmas de la historia en cuyos hombros se ha construido el desarrollo de las Américas a lo largo de siglos. Sin embargo, los que sobreviven aprenderán a amar a su nueva tierra.

La herencia afrohispana ha sido históricamente tratada con indiferencia, ignorada en la mayor parte del continente y su contribución no ha sido reconocida. Asimismo, los desplazamientos de afro hispanos lejos de sus comunidades es un fenómeno que por mucho tiempo les impidió cuidar su herencia cultural destinando a muchas de estas comunidades a la marginación. La novela La nariz del diablo invita a reflexionar sobre la contribución y sacrificios de la población afro hispana a la formación de las naciones americanas abriendo una obvia pregunta, ¿quién escribe la historia?

La nariz del diablo - Luz Argentina Chiriboga
La autora

Como pocas escritoras latinoamericanas Luz Argentina Chiriboga ha publicado obras de valor en la mayoría de los géneros literarios. Su participación en varias antologías de ensayo y poesía se inició desde su juventud y su actividad literaria ha sido constante a lo largo de por lo menos tres décadas. En 1986 ganó el premio General José de San Martín, de Buenos Aires al que seguirían innumerables reconocimientos. Su carrera como novelista comienza con Bajo la piel de los tambores en 1991, que se reeditó en 1999 como Tambores bajo mi piel. A ésta siguieron Jonatás y Manuela en 1992, y En la noche del viernes en 1997. Los premios literarios obtenidos son muchos y diversos, convirtiéndose en una de las escritoras ecuatorianas más conocidas fuera de su país. Desde la sombra del silencio y La nariz del diablo, ambas publicadas en 2010, son dos de sus novelas más recientes. A éstas se puede añadir Cuéntanos Abuela, una novela para niños que apareció en 2002 y que como muchas de sus obras ha sido traducida a otros idiomas.

Sus libros de poesía son varios e incluyen La contraportada del deseo (1992), Luis Vargas Torres y los niños (2001), que precisamente contiene poemas dedicados a la niñez, además de Capitanas de la historia (2003) y Con su misma voz (2005). Otras obras que la poeta ha dedicado a las décimas, parte de su tradición esmeraldeña de donde provienen grandes talentos, son Palenque (1999) y su recopilación de Coplas afro-esmeraldeñas (2001).

Luz Argentina Chiriboga, quien siguió la carrera de Biología en la Universidad Central del Ecuador escribió en verso Manual de Ecología (1992) también dedicado a los niños y una colección de cuentos publicados bajo el nombre Este mundo no es de las feas en 2006. Sus ensayos, conferencias y recitales son incontables y la han llevado a Europa, África, Norteamérica y el Caribe. Sin duda la obra de Luz Argentina Chiriboga está en camino a trascender las oleadas ruidosas de la corriente central.

 

Julia de Burgos, de la palabra íntima al mensaje

… en los hombres, igual que en las naciones,
    si el ser siervo es no tener derechos,
    el ser el amo es no tener conciencia.

Ay, ay, ay de la grifa negra
Julia de Burgos

Julia de Burgos

Han pasado ya cien años desde el nacimiento de Julia de Burgos pero su fama continúa creciendo dentro y fuera de su natal Puerto Rico gracias a la fuerza y belleza de su poesía y al mensaje deafiante de su contenido. Su lugar dentro de las letras iberoamericanas está entre las voces que fortalecen la identidad nacional y hacen eco en la conciencia social que define el sentido de la hispanidad.

Como muchos de sus coterráneos, Julia vivió entre las carencias de una vida campesina en Carolina y en una familia numerosa en donde era la mayor de trece hijos. El año de su nacimiento, 1914, coincide con el estallido de la Primera Guerra Mundial, la cual afectó de manera directa a Puerto Rico, que estaba bajo el coloniaje de los Estados Unidos desde 1898. En febrero de 1917 el Congreso de la Unión firmó la ley Jones-Shafroth, que impuso la nacionalidad estadounidense a los isleños; aunque no les concedía el derecho a votar fuera de Puerto Rico, sí legalizó su reclutamiento militar. Miles fueron llamados a servir en la guerra mientras que cada vez era mas difícil vivir del campo, y las compañías estadounidenses lo obtenían con facilidad usándolo mayormente para la explotación azucarera.

Se sabe que su padre, Francisco Burgos Hans era de herencia alemana y que su madre Paula García, era parte mulata; ambos, como era bastante común tenían sangre española:

Dícenme que mi abuelo fue el esclavo
por quien el amo dio treinta monedas.
Ay, ay, ay que el esclavo fue mi abuelo
es mi pena, es mi pena.
Si hubiera sido el amo,
sería mi vergüenza.

Ay, ay, ay que mi raza negra huye
y con la blanca huye a ser trigueña;
¡a ser del futuro,
          fraternidad de América!                … Ay, ay, ay de la grifa negra

Para 1928 la familia Burgos había dejado el campo para mudarse como muchas otras a las zonas urbanas en busca de trabajo. En los años de pobreza Julia vería morir a seis de sus hermanos; no obstante, su determinación por salir adelante y su aplicación en la escuela, en Río Piedras, le hicieron merecedora de becas y logró matricularse en la Universidad. En 1933, a la edad de 19 años Julia recibía con honores su título universitario convirtiéndose en maestra, aunque se sabe que no abandonó aquí el estudio y la lectura.

De acuerdo a sus biógrafos sus primeros poemas conocidos aparecieron en periódicos y revistas alrededor de 1934, algunos de estos con obvio tema patriótico, como por ejemplo Gloria a ti, dedicado al mártir Manuel Rafael Suárez Díaz, muerto en 1932 en una protesta en defensa de la bandera de Puerto Rico encabezada por Pedro Albizu Campos, quien desde 1930 era líder del Partido Nacionalista.

Julia apoyó abiertamente la causa del PNPR que deseaba la Independencia de Puerto Rico. Los problemas del hambre y la falta de empleo se agudizaron seriamente durante la década de los 30 y provocaron el éxodo de miles de puertoriqueños, principalmente a Nueva York. El fervor anti colonialista crecía y las huelgas se multiplicaban, hasta que el 21 de marzo de 1937, cuando se daba lugar una marcha pacífica que entre otras cosas pedía la liberación de Albizu, el régimen colonial atacó con armas a los manifestantes y el evento se convirtió en masacre. Albizu y varios de sus seguidores cercanos habían sido acusados de actos sediciosos el año anterior y cumplían sentencias de más de diez años en prisión. El profesor Jack Agüeros, quien estudió la vida de la poeta y publicó su obra completa en versión bilingüe, menciona que Julia de Burgos formaba parte del comité para liberar a los ocho prisioneros, entre los que se encontraban dos conocidos poetas, Juan Antonio Corretjer y Clemente Soto Vélez.

A Julia la asociamos con el grito de libertad cuyo eco resuena en cada país de Iberoamérica por denunciar los ultrajes del colonialismo mostrando el lado humano del dolor. Su vida, su obra, y la pasión con la que defendió sus convicciones, la convirtieron en un símbolo de resistencia. Aún después de partir hacia Cuba, en 1940, y más tarde a Nueva York en 1942, nunca dejó de defender el ideal de soberanía, ni de acusar el abuso que hace a un pueblo siervo de otro. Sus poemas evocan a héroes como Martí y Bolívar y exaltan sus ideales; otros son homenajes de tono solemne y humano a patriotas como Albizu y Gilberto Concepción de la Gracia. También rememora con tristeza y encono días como el del Grito de Lares, el 23 de septiembre de 1868, que marca la primera rebelión contra el régimen colonial español organizada por Ramón Emeterio Betances y Segundo Ruiz Belvis; y critica con furia y dolor la tiranía imperialista y de las dictaduras. Julia no temió en más de un poema expresar su desprecio a Trujillo, el dictador dominicano y se unió al grito de solidaridad contra la Guerra Civil Española; tambien escribió poemas, que quizá estaría bien llamar elegías, a víctimas de ejecuciones injustas como Federico García Lorca, Hiram Rosado y Elías Beauchamp. Pero posiblemente su poema más famoso, por ser favorito de quienes se identifican con su tierra, y porque ha sido publicado en numerosas antologías, es Río Grande de Loíza, el cual reúne las cualidades de lo mejor de su poesía.

Y sin embargo, aunque su conciencia política absorbió tanto de su impulso creativo, el tema dominante en su poesía es el amor. En los poemas románticos se descubre a una mujer que no sólo amó intensamente sino que no tuvo miedo a decirlo, desafiante y a sabiendas que pisaba prejuicios sociales. El uso de imágenes llenas de pasión y frescura que funden el ensueño y el deseo con un lenguaje sencillo y desbordante formado por elementos de la naturaleza, sigue despertando admiración por su originalidad y calidad estética. Aún así, es su carácter atrevido lo que la distingue mejor; su consistente rechazo a prejuicios e imposiciones que menguan la libertad individual. Entre los poemas que ilustran con mayor claridad el conflicto entre la necesidad de defender la libertad de actuar en contra de la tradición y las trabas sociales, están Mi alma, Soy en cuerpo de ahora, y Yo misma fui mi ruta, éste también título de una de sus obras póstumas.

Hoy, fuera de Puerto Rico Julia es más conocida como pionera de la revolución cultural que adelantándose a su época señaló la desigualdad de género. Su voz rebelde acusó al sistema que exige a la mujer amoldar sus metas y su comportamiento a las expectativas de la sociedad. Julia entendió la igualdad de género como un derecho natural de la mujer a su independencia. Uno de sus poemas más universalmente citado en la actualidad es el que dirigió a sí misma titulado A Julia de Burgos:

Ya las gentes murmuran que soy tu enemiga
porque dicen que en verso doy al mundo tu yo.

Mienten, Julia de Burgos. Mienten, Julia de Burgos.
La que se alza en mis versos no es tu voz: es mi voz
porque tú eres ropaje y la esencia soy yo;
y el más profundo abismo se tiende entre las dos.

Tú eres dama casera, resignada, sumisa,
atada a los prejuicios de los hombres; yo no; yo no;
que yo soy Rocinante corriendo desbocado
olfateando horizontes de justicia de Dios.

Tú en tí misma no mandas; a tí todos te mandan;
en tí mandan tu esposo, tus padres, tus parientes,
el cura, el modista, el teatro, el casino,
el auto, las alhajas, el banquete, el chanpán,
el cielo y el infierno, y el que dirán social.

Cuando las multitudes corran alborotadas
dejando atrás cenizas de injusticias quemadas,
y cuando con la tea de las siete virtudes,
tras los siete pecados, corran las multitudes,
contra ti, y contra todo lo injusto y lo inhumano,
yo iré en medio de ellas con la tea en la mano.                …A Julia de Burgos

Apunta el profesor Agüeros que Julia solía firmar sus primeros poemas con el nombre de Julia Burgos, y Julia Burgos de Rodríguez después de casarse, y que requiere un poco de reflexión en nuestros días entender lo revolucionario de su actitud al decidir firmar Julia de Burgos, es decir, de ella misma, después de haber experimentado la vida en matrimonio que no duró. Una mujer divorciada que no temía al estigma del divorcio y celebraba su libertad era vista con recelo.

También su relación en Cuba con el dominicano Juan Isidro Jiménez Grullón, el amor de su vida, terminó pronto debido al parecer de sus biógrafos al rechazo de la familia de él. En cuanto a su obra, no sorprende la poca difusión que tuvo fuera de Puerto Rico cuando se piensa en lo lejos que estuvo Julia de representar ideales burgueses de las sociedades conservadoras de la Latinoamérica de entonces. Su contenido no sólo era censurable en muchos círculos, sino que dados los tiempos se podía calificar como sedicioso. Aún así es notable la poca atención, con algunas excepciones, que hasta hace relativamente poco tiempo se ha prestado a la poesía escrita por mujeres, y en general a la mujer como agente histórico.

Y a pear de todo, Julia no solo recibió el reconocimiento de sus contemporáneos sino que se ganó en vida el elogio de poetas de la talla de Nicolás Guillén y Pablo Neruda, a quien conoció en Cuba. Este, de acuerdo a un testimonio de Juan Bosch, quien era familiar en el grupo, había prometido escribir el prólogo para uno de sus poemarios que hoy se encuentra perdido, quizá para siempre. Entre sus publicaciones en vida se conocen Amor en veinte surcos, 1938 y Canción de la verdad sencilla, 1939. Póstumamente sparecieron dos más, pero los más de doscientos poemas que hoy se conocen muestran la indiscutible calidad de su arte y la fuerza de una voz que se distingue por su candidez.

En figuras como Julia de Burgos el tiempo tiende a revelar cuánto más alto se elevaron sobre sus contemporáneos, y cuánto mayores fueron los obstáculos que logró cruzar. Julia canalizó a través de su arte la pobreza, la enfermedad, la pérdida del amor, el destierro, la violencia y la pasión por la libertad por la que murieron muchos compatriotas que soñaban como ella en la soberanía de su tierra. No se sabe en que momento y por que comenzó a beber en exceso, y si los mitos urbanos de su vida bohemia fueron exagerados. En los años 50 el alcoholismo era una condición social generalizada; lo que sí es claro es que la vida en Harlem con escasas oportunidades de trabajo para una joven puertorriqueña, aún inteligente y educada, fue difícil.

Julia murió en 1953 a la edad de treinta y nueve años en un hospital de Harlem a donde había sido llevada sin identificación. Días después algunos amigos localizaron el lugar donde se encontraba enterrada y lograron trasladarla a su natal Puerto Rico. El mejor homenaje a Julia de Burgos es el que reconoce su mayor triunfo, el haber conquistado la independencia que entendió como su derecho natural, abriendo la mente y el camino de las generaciones que le siguieron y convirtiéndose en modelo de valor que toca fibras profundas en la memoria de quienes han luchado por sacudirse de la sujeción y el dominio.

 

Los poemas citados abajo, así como algunos datos biográficos se tomaron del libro Song of the Simple Truth by Jack Agüeros

 


Intima

 

Se recogió la vida para verme pasar.
Me fui perdiendo átomo por átomo de mi carne
y fui resbalándome poco a poco al alma.

Peregrina en mí misma, me anduve un largo instante.
Me prolongué en el rumbo de aquel camino errante
que se abría en mi interior,
y me llegué hasta mí, íntima.

Conmigo cabalgando seguí por la sombra del tiempo
y me hice paisaje lejos de mi visión.

Me conocí mensaje lejos de la palabra.
Me sentí vida al reverso de una superficie de colores y formas.
Y me vi claridad ahuyentando la sombra vaciada en la tierra desde el hombre.


Ay, ay, ay de la grifa negra

 

Ay, ay, ay que soy griffa y pura negra;
grifería en mi pelo, cafrería en mis labios
y mi chata nariz mozambiquea.

Negra de intacto tinte, lloro y río
la vibración de ser estatua negra;
de ser trozo de noche, en que mis blancos
dientes relampaguéan;
Y ser negro bejuco
que a lo negro se enreda
y comba el negro nido
en que el cuervo se acuesta.
Negro trozo de negro en que me esculpo,
ay, ay, ay que mi estatua es toda negra.

Dícenme que mi abuelo fue el esclavo
por quien el amo dio treinta monedas.
Ay, ay, ay que el esclavo fue mi abuelo
es mi pena, es mi pena.
Si hubiera sido el amo,
sería mi vergüenza;
que en los hombres, igual que en las naciones,
si el ser siervo es no tener derechos,
el ser el amo es no tener conciencia.

Ay, ay, ay los pecados del rey blanco
lávelos en perdón la reina negra.

Ay, ay, ay que la raza se me fuga
y hacia la raza blanca zumba y vuela
a hundirse en su agua clara;
o tal vez si la blanca se ensombrara en la negra.

Ay, ay, ay que mi raza negra huye
y con la blanca huye a ser trigueña;
¡a ser del futuro,
fraternidad de América!


Mi alma

 

¿Mi alma?
Una armonía rota
que va saltando su demencia
sobre el cojín del tiempo.

¡Cómo la quieren recostar,
aclimatar,
recomponer,
los mortales ha tiempo muertos!

Empeño despeñado del logro.
¡Alborotero!

La locura de mi alma
no puede reclinarse,
vive en lo inquieto,
en lo desordenado,
en el desequilibrio

de las cosas dinámicas,
en el silencio
del libre pensador, que vive solo,
en callado destierro.

Fuerte armonía rota
la de mi alma;
rota de nacimiento;
siembra hoy, más que nunca,
su innata rebeldía
en puntales de saltos estratégicos.


Soy en cuerpo de ahora

 

¡Cómo quiere turbarme esta carga de siglos
que en mi espalda se bebe la corriente del tiempo!
Tiempo nunca cambiante que en los siglos se estanca
y que nutre su cuerpo de pasados reflejos.

Tengo miedo de lo alto de tus miras –me dice–;
el ayer que me nutre se doblega en lo interno
de tu vida sencilla, que no admite pasado,
y que vive en lo vivo desplegada al momento;
ya me enfada la siempre desnudez de tu mente
que repele mi carga y se expande en lo nuevo;
ya me turba la fina esbeltez de tu idea
que flagela mi rostro y endereza tu cuerpo…
mira a un lado y a otro: jorobados, mediocres;
son los míos, los que abrevan mi vacío siempre lleno;
sé uno de ellos; destuerce tu vanguardia; claudica;
es tan fácil volcarse de lo vivo a lo muerto.

Has querido tumbarme, carga en cuerpo de siglos
de prejuicios, de odios, de pasiones, de celos.

Has querido cargarme con tu carga pesada,
mas al punto encontréme y fue vano tu empeño.

Vete, forra tus siglos con el vulgo ignorante;
no son tuyas mis miras; no son tuyos mis vuelos.

Soy en cuerpo de ahora; del ayer no sé nada.
En lo vivo mi vida sabe el Soy de lo nuevo.


Yo misma fui mi ruta

 

Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese:
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes,
y mis pies planos sobre la tierra promisora
no resistían caminar hacia atrás,
y seguían adelante, adelante,
burlando las cenizas para alcanzar el beso
de los senderos nuevos.

A cada paso adelantado de mi ruta hacia el frente
rasgaba mis espaldas el aleteo desesperado
de los troncos viejos.

Pero la rama estaba desprendida para siempre,
y a cada nuevo azote la mirada mía
se separaba más y más y más de los lejanos
horizontes aprendidos:
y mi rostro iba tomando la expresión que le venía de adentro,
la expresión definida que asomaba un sentimiento
de liberación íntima;
un sentimiento que surgía
del equilibrio sostenido entre mi vida
y la verdad del beso de los senderos nuevos.

Ya definido mi rumbo en el presente,
me sentí brote de todos los suelos de la tierra,
de los suelos sin historia,
de los suelos sin porvenir,
del suelo siempre suelo sin orillas
de todos los hombres y de todas las épocas.

Y fui toda en mí como fue en mí la vida…

Yo quise ser como los hombres quisieron que yo fuese
un intento de vida;
un juego al escondite con mi ser.
Pero yo estaba hecha de presentes;
cuando ya los heraldos me anunciaban
en el regio desfile de los troncos viejos,
se me torció el deseo de seguir a los hombres,
y el homenaje se quedó esperándome.


A Julia de Burgos

 

Ya las gentes murmuran que soy tu enemiga
porque dicen que en verso doy al mundo tu yo.

Mienten, Julia de Burgos. Mienten, Julia de Burgos.
La que se alza en mis versos no es tu voz: es mi voz
porque tú eres ropaje y la esencia soy yo;
y el más profundo abismo se tiende entre las dos.

Tú eres fría muñeca de mentira social,
y yo, viril destello de la humana verdad.

Tú, miel de cortesanas hipocrecías; yo no;
Que en todos mis poemas desnudo el corazón.

Tú eres como tu mundo, egoísta; yo no;
que en todo me lo juego a ser lo que soy yo.

Tú eres sólo la grave señora, señorona;
yo no; yo soy la vida, la fuerza, la mujer.

Tú eres de tu marido, de tu amo; yo no;
yo de nadie, o de todos, porque a todos, a todos,
en mi limpio sentir y en mi pensar me doy.

Tú te rizas el pelo y te pintas; yo no;
a mí me riza el viento; a mí me pinta el sol.

Tú eres dama casera, resignada, sumisa,
atada a los prejuicios de los hombres; yo no; yo no;
que yo soy Rocinante corriendo desbocado
olfateando horizontes de justicia de Dios.

Tú en ti misma no mandas; a ti todos te mandan;
en ti mandan tu esposo, tus padres, tus parientes,
el cura, el modista, el teatro, el casino,
el auto, las alhajas, el banquete, el chanpán,
el cielo y el infierno, y el que dirán social.

En mí no, que en mí manda mi solo corazón,
mi solo pensamiento; quien manda en mí soy yo.
Tú, flor de aristocracia; y yo, la flor del pueblo.
Tú en ti lo tienes todo y a todos se lo debes,
mientras que yo, mi nada a nadie se la debo.

Tú, clavada al estático dividendo ancestral,
y yo, un uno en la cifra del divisor social,
somos el duelo a muerte que se acerca fatal.

Cuando las multitudes corran alborotadas
dejando atrás cenizas de injusticias quemadas,
y cuando con la tea de las siete virtudes,
tras los siete pecados, corran las multitudes,
contra ti, y contra todo lo injusto y lo inhumano,
yo iré en medio de ellas con la tea en la mano.


Naufragio de un sueño

 

¡Corre, que se me muere,
que se me muere el sueño!
Tanto que lo cuidamos,
y el pobrecito, enfermo,
hoy me yace en los párpados,
arropado de versos.

¡Corre, que se me muere,
que de avivarle el pecho,
mis ojos ya no pueden
recoger más luceros!
Ya los luceros tímidos,
se me esconden de miedo,
y a la intemperie, solo,
se matará mi sueño…
Yo lo conozco, amado,
ya me expira en el verso…

Corre, que se me muere
y me ha pedido el cuerpo!

Song of the Simple Truth: The Complete Poems of Julia de Burgos by  Jack Agüeros

Chiapas en la memoria de Rosario Castellanos

Rosario Castellanos
Rosario Castellanos profundizó en el tema de la condición indígena cuando México intentaba salir del atraso.  Sus novelas principales Balún Canán (1957) y Oficio de tinieblas (1964), así como algunos de sus cuentos, describen a fondo los excesos de un sistema clasista que siendo perfectamente visible, era fácil ignorar. El sistema había marginado y seguía marginando al indígena; le había negado los derechos más básicos, y lo seguía haciendo. Le había despojado de la tierra.

La pregunta es ¿qué hemos aprendido de su cátedra, de ese examen de nuestra herencia racista, de esa miopía que nos impidió reconocer la explotación del otro, del más vulnerable?  Por siglos la organización económica en Chiapas dependió de la explotación del indígena, y el mal trato y repudio social a éste resultaron en su deshumanización.  Despojado de la tierra, desmantelada su estructura social, y cercenada su base religiosa y cultural, el indígena fue excluido del mapa social, reducido sistemáticamente a su rendimiento físico.

Despojo y desplazamiento

En La muerte del tigre, Rosario Castellanos describió el proceso de desculturización de los Bolometic que les convirtió en nómadas y culminó con la pérdida de su esencia humana. Guiados sólo por su instinto de sobrevivencia, los que lograron escapar a la cárcel o a la esclavitud, “buscaron refugio en las estribaciones del cerro. . . [e] iniciaron una vida precaria en la que el recuerdo de las pasadas grandezas fue esfumándose, en la que su historia se convirtió en un manso rescoldo que ninguno era capaz de avivar” (15).

La muerte del tigre y otros cuentos - Rosario Castellanos

La tribu de los Bolometic ve morir a viejos y niños antes de instalarse en un terreno tan alto donde “la tierra mostraba la esterilidad de su entraña en grietas profundas. Y el agua, de mala índole, quedaba lejos” (17). El sistema se basó en el arrebato y la posesión de la tierra por unos cuantos caciques, por los caxlanes (hombres blancos) y extranjeros protegidos por falsos abogados y por documentos que los indígenas no podían leer. La “ley” fue el arma última del abuso:

En este papel que habla se consigna la verdad. Y la verdad es que todo este rumbo, con sus laderas buenas para sembrar trigo, con sus pinares que han de talarse para abastecimiento de leña y carbón, con sus ríos que moverán molinos, es propiedad de Don Diego Mijangos y Orantes, quien probó su descendencia directa de aquél otro don Diego Mijangos, conquistador, y de los Mijangos que sobrevinieron. (16)

Por otro lado, los Bolometic “habían olvidado el arte de guerrear y no habían aprendido el de argüir”.  Era fácil engañarlos, y como tantos otros cayeron presa de los “enganchadores” que alejándolos de sus familias, les transportaron a las tierras bajas con la promesa de trabajo, a sabiendas de que muchos morirían o terminarían atados a deudas en la tienda de raya, deudas que a su muerte pasarían a sus hijos.

Balun Canan - Rosario Castellanos

En Balún Canán Rosario Castellanos narra la historia de una familia representativa de la clase pudiente de Comitán, Chiapas durante el movimiento de reforma agraria y educativa que intentaba llevar a cabo el gobierno de Lázaro Cárdenas. La servidumbre y los trabajadores del campo viven miserablemente bajo caxlanes y ladinos que les explotan. La iglesia, vista como aliada de la clase en el poder, también tiene un papel alienante en la vida del indígena. Pero además se examinan los motivantes psicológicos y las prácticas que dominaron las relaciones entre los diversos actores sociales en Chiapas, desde hacía siglos.

Relación con la Tierra

Para el indígena el despojo de la tierra es más que un exilio; sin ella se encuentra perdido en un mundo que le es completamente ajeno. La tierra es su patria, es recipiente e inspiración de sus ritos: ritos de fertilidad, de iniciación, de vida, de muerte, y de comunión. La tierra es la madre a donde regresan los hijos y es quien mantiene vivas las memorias y las creencias de todo un pueblo. Sin la tierra, el indio ha sido arrancado de manera total de su esencia; sin la tierra, el hombre es un esclavo de otros. Balún Canán describe así este sentimiento que se cita aquí sólo en parte:

Los que por primera vez nombraron esta tierra la tuvieron entre su boca como
suya. Y era un sabor de mazorca que dobla la caña con su peso. Y era la miel
espesa y blanca de la guanábana. Y la pulpa lunar de la anona. Y la aceitosa semilla
del zapote. Y el lento rezumar del jugo en el tronco herido de la palmera. Pero
también hálito, niebla madrugadora que deja seña de su paso en el follaje.
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Los que por primera vez se establecieron en esta tierra llevaron cuenta de ella
como de un tesoro. La extensión del milperío y las otras cosechas. La zona para la
persecución del ciervo. La encrucijada donde el tigre salta sobre su presa.
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Los que vinieron después bautizaron las cosas de otro modo. Nuestra Señora de
la Salud. Este era el nombre de los días de fiesta que los indios no sabían
pronunciar. Les era ajeno. Como la casa grande. Como la ermita. Como el trapiche.
Los ladinos midieron la tierra y la cercaron. Y pusieron mojones hasta donde les
era posible decir: es mío. Y alzaron su casa sobre una colina favorecida de los
vientos. Y dejaron la ermita allí, al alcance de sus ojos. Y para el trapiche
calcularon una distancia generosa que fue cubriendo, un año añadido al otro año, la
expansión del cañaveral.
El trapiche pesó sobre la tierra después de haber pesado sobre el lomo vencido
de los indios. (192-194)

Marginación

Con la tierra, no sólo se le arrebató el medio de subsistencia sino el derecho a adorar con reverencia la fertilidad que rinde sus frutos de vida. Sin el rito y la comunión sólo queda el alcohol, que embrutece al indio convirtiéndolo en la bestia que el blanco quiere ver en él. Su vida se desenvuelve sin pasado ni futuro. La pérdida de su identidad, de su waigel, su tigre y espíritu protector, el centro que daba sentido a su vida es la pérdida de su conexión con el todo inseparable. El indígena perdió su lugar en ese universo y con él lo que le otorgaba dignidad, y un propósito de vida. Con la tierra perdió su rostro, su voz y sus raíces, emigró a las ciudades y luego al Norte. Y es claro que en todo esto hay una gran enseñanza, pero la pregunta es, ¿qué hemos aprendido?

Oficio de tinieblas - Rosario Castellanos
En Oficio de tinieblas se narra así la el sentimiento de alienación y de exilio:

Grupos de indios ateridos se acurrucan en torno a la fogata. Sus jacales no los defienden lo bastante de la intemperie y buscan este calor breve y huidizo, y la compañía y la conversación. Alguno saca de entre sus ropas una flauta de caña labrada torpemente. Música de pastor que entretiene sus soledades, balbuceo de una raza que ha perdido la memoria. Los demás escuchan a ratos. Lejos, la mujer que muele el maíz suspende su tarea, absorta en el ensueño que la libera un instante del cansancio y de la rutina embrutecedora. (143)

La noción de barbarie asociada tradicionalmente con el indio aparece, sí, pero recae en las prácticas de corrupción, abuso e impunidad, en escenas de tortura, sacrificio, y abuso sexual sistemático de mujeres indígenas que Leonardo, el cacique de Oficio de tinieblas, lleva a cabo ayudado por su cómplice, una alcahueta que le facilita preferentemente a las vírgenes indefensas. Impacta el secuestro de la joven madre india, quien es forzada a amamantar a la hija de la patrona, y a dejar morir por ello a su propio recién nacido, para luego ser rechazada por los suyos.

Claramente se subraya el oscurantismo generalizado de una sociedad que carece de conciencia frente al abuso de la ignorancia, la debilidad y la ingenuidad del indio; éste, a quien como a los Bolometic, “siglos de sumisión” le habían “deformado” (17), le habían acostumbrado a la miseria. Y sin embargo, no estamos frente a seres mitificados para la museografía, pues en un medio así, también los indígenas son capaces de actos brutales, como el de dar muerte al sacerdote que se atrevió a destruir sus ídolos, de arrojar de su casa a una mujer por ser estéril, y de rechazar a uno de su propia raza, emboscarlo y darle muerte o cortarle las manos como a un traidor.

Sobre la educación

Las obras apuntan ante todo hacia la importancia de la educación y denuncian el acto de arrebatar al indígena la voz. Porque para Rosario Castellanos la lengua es el elemento esencial de una cultura y la garantía de su preservación. Así, en Balún Canán, la india recuerda: “–Y entonces, coléricos, nos desposeyeron, nos arrebataron lo que habíamos atesorado: la palabra, que es el arca de la memoria”. (9) Castellanos, ella misma una maestra, ve la educación como un paso necesario en la restitución al indígena, una manera de regresarle la palabra, el centro de la identidad cultural, la que a su vez da al sujeto un derecho de igualdad. Un pasaje de Balún Canán reitera la idea, cuando Felipe participa en la construcción de la escuela:

Esta es nuestra casa. Aquí la memoria que perdimos vendrá a ser como la doncella rescatada a la turbulencia de los ríos. Y se sentará entre nosotros para adoctrinarnos.  Y la escucharemos con reverencia. Y nuestros rostros resplandecerán como cuando da en ellos el alba. (125-126)

También en Oficio de tinieblas, otro indígena, Pedro González Winiktón experimenta la transformación que trae el saber:

Pedro se desvelaba con los ojos fijos en la cartilla de San Miguel, contemplando aquellos signos que lentamente penetraban en su entendimiento. ¡Qué orgullo, al día siguiente, presentarse ante los demás con la lección sabida! ¡Qué emoción descubrir los nombres de los objetos y pronunciarlos y escribirlos y apoderarse así del mundo! ¡Qué asombro cuando escuchó, por primera vez, ‘hablar el papel’! (58)

Sin embargo, la ley cardenista que ordena educar al indígena amenaza el equilibrio de un sistema lucrativo de explotación humana, para cuyo éxito depende de la ignorancia del oprimido, como se ve en la reacción de César, el cacique de Balún Canán, ante el mandato presidencial de educar a los indios:

Hay que cuidarlos para que no pidan lo que no les conviene. ¡Ejidos! Los indios no trabajan si la punta del chicote no les escuece en el lomo. ¡Escuela! Para aprender a leer. ¿A leer qué? Para aprender español. Ningún ladino que se respete condescenderá a hablar en español con un indio. (188)

Han pasado más de cincuenta años desde la publicación de la primera gran novela de Rosario Castellanos. En ella y en toda su obra participó en el diálogo sobre los grandes problemas de México y sus raíces; problemas como la marginación del indígena, el derecho a la educación, el abuso del poder, la corrupción, la necesidad de justicia, la pobreza y el desplazamiento, entre otros.  Cincuenta años y una Revolución después los temas que le preocuparon siguen siendo actuales, aunque su perspectiva humana no pudo ser más profunda.

Rosario Castellanos Obras